Tuyo es mi corazón

Esas tres parejas vecinas tenían muchas coincidencias: eran similares en edad, en gustos, en la escuela de sus hijos. Establecieron una profunda amistad que sobrevivió por años a los malentendidos propios de una relación continua. Los lunes: atender la sesión semanal de Escuela para Padres. Los miércoles: cine al dos por uno; los viernes: día de “soltarse el chongo”: cena en un buen restaurante. Y los domingos: al club.

En su condición de emigrantes y sin parientes en esa ciudad, llegó a ser muy profundo el cariño de esa improvisada familia que carecía de lazos de sangre pero no de hermandad. La confianza entre ellos se sostenía en su amplio criterio, así que, llegado el día, no existió ningún impedimento para que dos de los maridos, al mismo tiempo y con la aprobación de sus esposas, decidieran entregar su corazón a la vecina. Y, en un gesto de profundo amor, también le entregaron sus pulmones, su hígado, sus córneas y todo aquello que de sus cuerpos fuera susceptible de ser donado.

Procuradora de órganos, era el puesto que ocupaba la vecina y doctora María José en la principal clínica del Seguro Social de la ciudad. Una de sus labores, la que le demandaba fortaleza y aguda inteligencia, era la de visitar a las familias de los enfermos al detectar a un potencial donante de órganos. Entablar con ellos una relación de confianza y sensibilizarlos sobre la importancia de darle a otro, o a otros muchos, una segunda oportunidad de vida.  

Convencerlos no era nada fácil: era preciso mantener la cabeza fría y el corazón caliente en medio de la gran pena de la familia en turno, lograr su consentimiento ante la desgarradora escena de un lecho de muerte. Obtener de sus manos las temblorosas firmas que dieran la aprobación para convertir al desahuciado en beneficiario, en héroe.

María José no está sola en esta labor. Más de cincuenta médicos especialistas en todo el país conectados con el Centro Nacional de Trasplantes, ayudan a conseguir cientos de donaciones. Su labor es considerada de urgencia nacional. Los órganos obtenidos, aunque valen un “ojo de la cara”, no se venden.

Un caso de triste memoria ha sido una piedra en el zapato para la admirable procuradora. Él estaba por cumplir los cincuenta. Su vida hasta ese día transitaba aceptable, entre logros laborales y económicos; cohabitaba con una familia en la que se promediaba el escaso amor con el aburrimiento. Su esposa, víctima de la rutina y favorecida por un romance fresco, puso el punto final al acta de divorcio que de común acuerdo se firmó. Para él, su única hija fue su mayor pérdida, y no fue lo único que su esposa decidió que él ya no vería más. Además de su amado televisor, tampoco pudo ver más a su sueldo completo, ni a su casa, ni a muchos de los recuerdos guardados ahí.

Al cabo del tiempo, rehízo su vida, recuperó la seguridad y hasta la comodidad. Una gran libertad y una vida propia consiguió también, mas de nada le sirvieron: sin un hogar, no tenía nada sólido, necesitaba a su familia. Pero la hoja blanca que alguna vez fue su matrimonio, quedó arrugada sin remedio. 

Un gran vacío fue entonces su compañía. Conservó su soporífera rutina pero, fiel a sus principios, no cayó en el alcoholismo, no se dejó llevar por la felicidad efímera de las drogas. No encontró satisfacción en el sexo casual que llegó a contratar. Perdió el gusto por vivir, perdió las ganas de viajar, de divertirse, de luchar. Se convirtió en víctima de la depresión.

Cuando a alguien se le rompe la pierna, las personas se solidarizan y ceden su lugar en la fila. Cuando alguien viaja en silla de ruedas, las puertas de la fraternidad se abren a su paso. Pero cuando la depresión ataca, la gente, que no la considera enfermedad, se concreta a regalar a su portador un generoso: “Échale ganitas”.

Su soledad y su tristeza constantes llegaron a ser insoportables. Decidió quitarse la vida. Al redactar su testamento, el recuento de lo que habría que heredar era tan pobre que acabó por devastarlo. “¿Para qué estoy vivo? ¿Qué tengo de valioso?”

De lo único que podría presumir era de un cuerpo sano, de órganos en buen estado. Decidió donarlos y así: al menos, su muerte valdría la pena. Sus averiguaciones lo llevaron hasta la doctora María José. Llenó el formulario de rutina, pero ella, al enterarse de los motivos del donante quedó perturbada y se negó a aceptar tan macabra solicitud. Rechazó a ese nuevo corazón que había conquistado. Él insistió en que era inútil despreciar su donación. El veneno que acababa de ingerir le quitaría la vida en unos minutos más. Donaría sus órganos, estaba decidido.  

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