La kermés de la perdición

Sábado por la tarde. El termómetro ya rebasaba los 35 grados. El televisor no prometía nada. El refrigerador, tampoco. En esa apatía de electrodomésticos, sólo el aire acondicionado advertía su constante amenaza de inflar el recibo de la energía eléctrica. Era preciso huir de casa. Nada mejor para hacer en esa calurosa tarde que llevar a los niños a la kermés de la iglesia. El exceso de actividad de dos traviesos monstruos de siete y cinco años, requería acción inmediata.

La tradicional fiesta anual en la que se recababan fondos para parroquia y párroco en orden aleatorio, era una alegre oportunidad de distracción para toda la familia. Mientras los niños recorrían los juegos mecánicos y despegaban de su fisonomía los restos de algodones de azúcar, los papás aprovechaban para degustar picantes antojitos, relajar los sistemas nerviosos central y periférico y saludar a los vecinos, de mano, con toda calma y no como era lo usual en las mañanas, desde la ventanilla del auto, alternando la actividad de la mano saludadora con la del control del volante y con la del ajuste del cinturón de seguridad de un chamaco rebelde en camino a la escuela.

            En la concurrida fiesta parroquial, se soltaba a las “fieras”. La vigilancia se ejecutaba a distancia prudente. Esta valiente maniobra demandaba grandes dotes de observación y serenidad. Habilidades de las que había que echar mano a un mismo tiempo. “Un ojo al gato y otro al garabato” era la técnica más eficaz aconsejada por la abuela.

            El destino ya había dado aviso en el centro comercial: después de angustiosos cinco minutos, el policía de la entrada devolvió a un par de fugitivos que se ocultaban en medio de los largos vestidos de gala manchados de chocolate. Y como al que con la leche se quema, hasta al jocoque le sopla: la madre de familia, en previsión de eventuales fugas, esa tarde les dedicó especial cautela. No así el padre, a quien se le atravesaron dos cervezas y unas flautas de pollo con todo, y a las que dedicó toda su atención.

            La maternal vigilancia extrema encontró su punto flaco: la aparición de los compadres, quienes, al unirse a la actividad nutricional anteriormente citada, produjeron un relajamiento en la vigilancia. Otras dos cervezas fueron solicitadas al mesero y otras dos flautas, pero sin cebolla, se anotaron en la comanda.

—¿En dónde está el Rodri? —fue la alarmada pregunta de una madre que interrumpió la alegre ingesta de los compadres.

—¿Cómo? ¿Que no estaba contigo? —se escuchó de la boca del padre del niño faltante que, apurado, se limpiaba de los labios los excesos de crema.

Las patrullas de rescate se organizaron de inmediato: las tareas se repartieron, las zonas de búsqueda se designaron, las frases de apuro se escucharon y las de consolación también.

—Tranquila, comadrita, ahorita aparece el niño. No debe de andar lejos.

Los minutos pasaron, las multitudes también, pero lo que no pasaban eran: ni el niño ni la angustia. Desde el altavoz instalado en el atrio, y en donde la difusión de la santa misa no era atendida por nadie, un anuncio se escuchó en la voz de su irritado oficiante:

—¿Es de alguien este niño?

El chiquillo en cuestión jalaba con insistencia la sotana del clérigo, al tiempo que con su aguda voz le daba a conocer que estaba perdido. Por fortuna, una de las fieles a las que el sermón todavía no adormecía, conoció al pequeño. Haciendo las reverencias de rigor, venció sus miedos, subió al presbiterio, se acercó al altar y tomó de la mano al niño. Ya sin molestas presencias, Su Ilustrísima recobró la serenidad y continuó con su labor de adoctrinamiento: “Hermanos: dejad que las niñas se acerquen a mí. ¡Perdón! niños, quise decir: niños”.

De la mano de la vecina rescatista, se dio el feliz encuentro con una de las improvisadas escuadras de búsqueda y rescate, entre efusivas muestras de alegría. Una vez recobrada la calma, otras búsquedas se emprendieron: esta vez, se buscaron culpables. El buzón de reclamaciones del padre fue abierto por breves instantes mientras nuevas órdenes de flautas con todo, otras sin cebolla y dos cheves bien elodias hacían su arribo.

Al llegar las viandas, la atención se desvió del regaño al deleite. La capacidad de atención de un padre nunca fue apta para atender dos asuntos a la vez.

Quieran la educación y las buenas costumbres que, al final de la misa, la familia acudiera a ofrecer al sacerdote sinceras disculpas por la interrupción. Lo encontraron rodeado por una docena de sus más fieles beatas. Al verlos entrar, el párroco extendió sus brazos a la familia con emoción y abriéndose paso entre sus seguidoras, les hizo señas para que lo acompañaran.

—Gracias por rescatar a nuestro niño —dijo el sonrojado padre.

El sacerdote no le dejó terminar su repertorio de disculpas y entró a la sacristía despidiéndose a toda prisa:

—Al contrario: gracias a ustedes por rescatarme de estas latosas. ¡Perdón! damas, quise decir: damas.

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