El vaso rojo

Pudo ser cualquier otro día, pero lo triste de ese recuerdo tiene el sabor de una tediosa tarde de domingo. Cuando, al final del día, la amenaza del lunes aplastaba el ánimo, el timbre del teléfono sacudía la modorra. Al cuarto o quinto timbrazo, la apatía de él fue derrotada, como siempre, por la curiosidad de ella.

—¿Estás segura? No te preocupes, vamos para allá.

“Vamos es mucha gente” pensó él. Pero sus años de matrimonio le enseñaron a no abrir la bocota antes de darle una segunda oportunidad de salida a sus pensamientos.

—¿Quién era, mi amor?

—¡Ándale, vístete rápido! Era Carmelita. Me dice que ya van varias veces que ha llamado por teléfono a su mamá, pero no le contesta.

—¿Y luego?

—¡¿Cómo que: y luego?! Vístete rápido y vamos a ver. Pudo haberle pasado algo a Lily.

Cien metros los separaban de la casa de la vecina. Muchas veces recorrieron esa distancia de ida en sus cinco sentidos y con los mismos en franca decadencia etílica al regreso. La vergüenza que les pudo haber provocado la censura de los vecinos debida a sus desorientados pasos y a sus desafinados cánticos era ignorada. Los posibles críticos venían en la misma situación y a todos les fallaba la memoria al siguiente día.

Las fiestas en esa casa eran tradicionales. Aquel cumpleaños de la anfitriona fue uno de los más memorables. Más de setenta años se daba el lujo de celebrar y para esa ocasión protagonizó una de las anécdotas que llenaban su catálogo de alegres barbaridades.

Tenía antojo de comer carne para su festejo, pero no cualquiera. El corte elegido fue: brisket, y no el que vendían en el supermercado ni en la carnicería del pueblo. Para adquirir el de su gusto, había que cruzar la frontera y llegar a Laredo, Texas. El traslado no hubiese representado mayor problema de no ser porque ella vivía en Juriquilla, a más de mil kilómetros de ahí, padecía enfisema pulmonar y cargaba en forma permanente con un aparato de oxígeno suplementario. No era la primera vez que su marido y su hija la mandaban a volar con todo y sus ocurrencias. Y no era la primera vez que a ella le importaba poco.

Una semana antes del festejo, viajó sola toda la noche en autobús. Ya en Laredo, compró la carne y emprendió el regreso ese mismo día. En las paradas de reabastecimiento, aprovechaba para fumar. La manguera conectada a su nariz no era un estorbo, como tampoco lo eran las advertencias del médico.

— Mire, señora: usted ya sabe lo que hace. Si quiere fumar: fume. Está claro que no le importa perder calidad de vida.

Y no le importaba. Ella vivía con intensidad cada día que le tocaba. No le afectaba el recuerdo de sus cuatro maridos muertos, ni le importaba el futuro de su marido actual. Asidua cliente del casino, pasaba la tarde sentada al frente de su máquina tragamonedas en medio de su nube de humo y sorbiendo la cuba libre de su vaso rojo. La preparación debía ser exacta y no toleraba fallas.

Un par de centímetros de ron blanco, agua mineral casi al tope, un chorrito de refresco de cola, solo para dar color, y unas gotas de limón. Siempre en su vaso rojo, inseparable compañero, testigo de risas, de anécdotas, de música.

Ella conocía los gustos de cada uno de sus amigos y, al recibir regalos, devolvía a cada uno otro presente, de acuerdo con su personalidad.

Su aguda inteligencia no admitía medianías. No soportaba a la gente tibia o que no le aportase nada. Consideraba a sus amigos como familia y se involucraba en sus problemas. Siempre atenta para ayudar. Siempre comprometida con su comunidad. Era de esas amigas con las que se cuenta y de las que en número se cuentan pocas.

La puerta de su casa, peculiar y encantadora, estaba abierta. Después de los repetidos intentos por anunciarse, esa pareja de vecinos con atuendo informal, escogido de prisa, entraron a la sala. Con un volumen cada vez más alto, le llamaron. Buscaron por toda la planta baja. En la terraza: su lugar favorito, encontraron sobre la mesa el vaso rojo. El verlo solo y vacío les hizo sospechar lo peor. Dirigieron sus asustados pasos a la recámara.

A un lado de la cama: el pequeño cuerpo, inerme. Sobre el buró: el cenicero rebosante. El aparato de oxígeno ronroneaba ajeno a la situación y seguía enviando sus fluidos con necedad. Una vida estupenda llegó a su final. Las fiestas de esa casa terminaron, pero para los vecinos que pasamos a diario por ahí, los recuerdos todavía despiertan una sonrisa. Brindo por tu alegría, querida Lily. Algún día, el sonido de mi copa al chocar con tu vaso rojo será el inicio de una fiesta más, en donde quiera que estemos.

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