El tejocotal

La palabra tejocotal siempre me sonó a conjunto abundante de tejocotes, es decir: a muchos. Pero en las incontables ocasiones en que fui al lugar que así se llamaba, nunca vi a ninguno plantado, ni a sus frutos en los puestos de comida que me recibían a la entrada. Lo que sí había, y por miles, eran pinos y ocotes. Supongo que, entre ocotes y tejocotes, una confusión ha permanecido arraigada durante décadas. 

Los letreros de la carretera intentaban anunciar la entrada, pero los voluminosos pinos y la frondosa vegetación los tapaban y nos advertían con mayor elocuencia que, por fin, habíamos llegado. El camino lodoso que zigzagueaba entre árboles, descorría poco a poco el telón que hacía aparecer en escena la imagen de la enorme concentración de agua que vive en mi memoria. Sus tres kilómetros de largo, hacían que el color verde del bosque se viera azul en la otra orilla. El enorme embalse que era laguna para los románticos y presa para los técnicos, sigue siendo el mismo en cuanto a agua y a árboles, pero en sus riberas, algo ha cambiado: hoy existen más comercios, más caballos raquíticos para el paseo inolvidable, ruidosas cuatrimotos desenfrenadas y lanchas que ofrecen la experiencia acuática de la modernidad.

Mis ojos tratan de convencerme de que estas imágenes son la realidad, pero mi memoria no percibe lo mismo. Ella me trae recuerdos de aquellos domingos de los días de campo. De tíos y de primos. De familia grande. De niños corriendo tras una pelota.

—¡Bolita favor!

Del sabor al arroz con chícharos y zanahorias en cuadritos que tanto le celebraban los tíos a mi mamá. Del olor a leña que se quemaba en el anafre, de la carne asada, del chorizo, las quesadillas y las enchiladas con huevo hervido. Escucho risas y gritos, el sonido del viento entre las ramas, los cantos de los pájaros, el golpeteo del agua y los motores lejanos de aquellos viejos camiones pujando para remontar ese angosto camino que, entre precipicios, subía de la costa al altiplano. La música en altísimos volúmenes, procedente de las bocinas de los automóviles que hoy contaminan al ambiente y a mis recuerdos, en aquellos años era impensable.

El lazo de algodón era la red para el voleibol playero con “retadora” de tíos contra primos y después, amarrado a la rama más alta y antes de convertirse en columpio, era el medio para subir cada vez más. Teniendo cuidado de que, al bajar, la fricción en las manos no provocara soltarlo y caer ente risas, o entre burlas. Que, al igual que el polvo en la ropa, se sacudían con facilidad.

El agua helada con olor a pescado no era impedimento para nadar. Bajo la advertencia de no hacerlo más allá de los cinco metros. Las tías contaban muchas historias de bañistas ahogados y, en esa época, la palabra de un adulto no se ponía en duda. El viento del norte empujaba a la pequeña embarcación de vela a tal velocidad que hacía salir a las lágrimas. La felicidad duraba hasta llegar a la otra orilla.  Escoltada por kayaks, regresaba con viento en contra y a fuerza de remo.

Al final de la jornada, al regreso de una larga caminata, la breve lluvia espantaflojos nos hacía correr, cambiaba el panorama, avivaba los olores y colores. Los papalotes competían por adornar al cielo y a las ramas de los pinos, de donde era inútil tratar de rescatarlos. Los tíos, dando las primeras clases de manejo a los que ya alcanzaban los pedales y la mayoría de edad. El auto: atascado. Los ingenieros improvisados dando instrucciones y los acomedidos rescatistas: bañados en lodo. Con las ropas mojadas, los zapatos ya sin calcetines y los pies con ampollas, con caras y espaldas enrojecidas, escuchábamos al regimiento de mamás armadas con toallas, suéteres y cobijas que nos advertían: “Se acabó el paseo”. Obedecíamos tiritando de frío la orden de recoger el tiradero y de formarnos para la fotografía familiar.

—¡Digan whisky!

Los momentos que se vivieron entonces, ya no los veo, no los puedo tocar, pero los puedo oler, saborear. Casi todo sigue ahí: en la memoria:

Los nombres de los integrantes del equipo, el balón de cuero tras el que corríamos. Los elotes asados, los esquites y la montaña de olotes pelados. Las risas alrededor de la fogata y los aficionados que contaban chistes malos. Las letras de los boleros, de las baladas románticas, la guitarra que los acompañaba. El olor a café de olla, el sabor a flan, las tazas que calentaban las manos. Las advertencias de las tías, sus abrazos. Las bendiciones de la abuela, su medalla con la Virgen.

Ahí, en el recuerdo, también están mis muertos. Las despedidas de cada domingo y los abrazos que nunca imaginamos que algún día serían los últimos, los definitivos.

2 comentarios en “El tejocotal”

  1. Nuestros recuerdos de infancia nos ayudan a no olvidar que somos el resultado de todos esos momentos… a veces para bien, a veces para mal, ya que quedarán magnificados en nuestra mente. Aww.. amigo literal me hizo llorar tu relato… ¿será que como dice nuestra querida Poya… ya me estoy haciendo muy mayor?

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