Adulterado

Era un grupo heterogéneo: los había taxistas, técnicos en electrónica, empresarios y oficinistas. Su gusto, además del que compartían por la música de rock, era gozar de una buena carne asada los sábados al medio día, después de cumplir con sus sagrados deberes semanales. Sus filetes, chuletas y salchichas con cebolla y “harta” salsa muy picosa, eran acompañados por generosos suministros de cerveza que la providencia divina les tenía reservados y sus mujeres, tolerados.

            La amistad que forjaron requirió de previos cinco años de relaciones comerciales, para poder llamarla así. Uno de ellos era cliente del taller de electrónica que encontró en un anuncio del periódico. El otro, dueño del citado lugar y del asador que se encontraba dispuesto en forma estratégica en su traspatio: era el anfitrión. Conocido de cariño como: “Toño”, su voluminoso aspecto lo apodaba como: “Eltoñón”. No confundir con Elton John.

            Un tercero en discordia era el taxista que hacía las veces de repartidor de radios reparados y por reparar. Los taxistas son filósofos y éste, en especial, lo era. Tenía la forma de hacerle creer a sus clientes que su sapiencia era una verdad irrefutable. Los demás, eran el amigo del amigo del amigo que se fueron sumando al grupo por casualidades o por fatalidades del destino.

            Esa calurosa tarde no era cualquier tarde, ni cualquier calor los aquejaba. La reunión era irrenunciable: uno de los miembros más antiguos del grupo se despedía. Y aunque no era para siempre, las circunstancias, como se narrará a continuación, casi lo provocaron. Presumía, el muy envidiado, de haberse ganado por sus extraordinarias ventas del año pasado, un viaje al Mundial de Futbol de Francia, evento al que fue invitado por uno de sus proveedores, allá en los lejanos días del balompié de 1998.

            Se resolvió que, por ser esta una reunión extraordinaria, se cambiarían las cervezas por bebidas espirituosas de mayor entidad. Y en segundo artículo resolutivo, se determinó que cada miembro aportaría una botella como boleto de entrada.

Cada aspirante a beodo fue haciendo su arribo con su respectivo recipiente de felicidad efímera. Llegaron los tequilas, los brandis, los rones. Pero cuando el whisky hizo su aparición, las interjecciones admirativas en grado superlativo acallaron cualquier otra conversación.

            Era inverosímil que esa botella de altísima gama arribase de la mano del compañero taxista. El presupuesto, que siempre fue motivo de sus quejas y de sus lágrimas al momento de las coperachas para la compra de cervezas y cigarros, no concordaba con el despilfarro exhibido.  

            Los miembros activos de esa tertulia hicieron a un lado sus copas y se apresuraron a escanciar en nuevas la bebida que prometía el paraíso. Los miembros inactivos hicieron a un lado la pachorra y formaron últimos en la fila, pero todos consiguieron probar esa exquisitez delirante.

            Una vez que dieron cuenta del tercio de copas que tocó en suerte a cada uno y que agradecieron cumplidamente al compañero taxista por lo espléndido de su aportación, el orgulloso mecenas, quien conoció sus cinco minutos de gloria tras aclamado discurso lleno de sentimiento, deseó toda clase de parabienes al viajero que los representaría en la justa deportiva en donde, a decir de su elocuente perorata: sus porras y cánticos animarían en persona a la selección nacional, en la que estaban puestas todas sus esperanzas. Procedió solemne al juramento de bandera y a la entrega de matraca que ya tenía preparada para la trascendental ocasión.

Agradeció, por último, los halagos de sus contertulios. Fue tal su euforia que, en un arranque de candor etílico, anunció que contribuiría gustoso con una botella más del elíxir maravilloso que aportó para la ocasión.

—¿Otra? —cantaron fuerte y a coro los impresionados comensales.  

—¿Pues cómo le haces? —terció el que más envidia evidenció.

—¡No hay problema! —dijo orgulloso—. Conseguí estas botellitas en el mercadillo de las pulgas. ¡Y si vieran qué buena lana me ahorré!

Los ataques de tos, los ojos fuera de sus órbitas y las expresiones de pavor se confundieron con el regaño que el anfitrión propinó al boquiabierto taxista:

—¿¡Pero cómo se te ocurre, pedazo de animal!? ¿Qué no sabes que esto puede ser alcohol adulterado?

El ánimo de la fiesta se apagó por unos acongojados momentos. Los tragos relajantes que se hicieron urgentes y que proporcionaron las otras botellas en lista de espera, permitieron olvidar el susto y dieron pie de nueva cuenta al desenfreno propio del exceso.

La alegría duró lo que la sospechosa sustancia tardó en hacer su efecto. A algunos los sorprendió un insoportable dolor de cabeza que los obligó a salir sin despedirse, a otros de camino a casa, y a otros, después de las reconvenciones de sus esposas al salir del baño que quedó: impresentable. A los que la fortuna no atendió, fueron atendidos en la sección de urgencias del hospital.  Todos sobrevivieron. (Por si alguno de los lectores estuviera con el pendiente). El homenajeado viajero, con todo y la amonestación de los médicos respecto a declinar su asistencia a cualquier evento futbolístico, por histórico que este fuera, conoció todos los baños de aeropuertos, aviones, hoteles, restaurantes y estadios del Viejo Mundo.

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