Cepillo

A partir del mediodía y hasta que el sol se pone, durante la canícula de las ciudades del desierto norteño, las calcinantes banquetas son el lugar más desagradable para pisar. Las suelas de los zapatos provocan ardores. Los rayos descargados sobre la ropa, la calientan a extremos insoportables. En la parada de la esquina, los pasajeros se alinean bajo la sombra proyectada por el poste. Basta un breve trayecto, para que el sudor fluya a torrentes, con el propósito de refrescar sofocados.

El disfrute más valioso es el aire, aire fresco. Los acondicionadores son un lujo y los propietarios de estas amadas unidades, presumen airosos su adquisición. Aquel que, por un descuido, deja escapar el beneficio de los compresores, es objeto de airados reclamos.

En estas incómodas condiciones climáticas, un perrito vagabundo afronta el doble reto de encontrar un lugar fresco para refugiarse y una banqueta sombreada sobre la cual pueda acceder a él, sin quemarse las patas.

El corredor de entrada a esa casa, flanqueado y sombreado por plantas recién regadas, fue un paraíso. Asomaba, desde la puerta entreabierta, en la mesita del recibidor, junto a la cajita de las llaves, una peculiar foto de grupo. Se trataba de una sonriente familia, conformada por un pequeño niño, de apenas un par de años de nacido, además de otro bebé, que se adivinaba dentro de la enorme panza fértil de su orgullosa portadora y el arrendatario de la casa, gastando abundante mostacho.

Esa imagen hogareña, celebrada por el perrito acalorado, lo convenció de solicitar, sin dilación, asilo político. Seguro de encontrar la frescura buscada en su abochornado peregrinar, asentó ahí sus reales.

—¿Me escuchas bien, gordo?, ¿te irás a tardar mucho en llegar?

—Yo creo que sí, ¿por qué?, ¿te urge algo?

—Es que en la puerta hay un perrillo apestoso. Está aquí desde la mañana y no se quiere ir.

            El relato telefónico de la visita incómoda incluyó un par de problemas a resolver. El primero: todos los intentos que hizo la señora de la casa por espantar a la temible criatura, ayudada incluso por una escoba, fueron inútiles. El segundo problema fue que el pequeño niño mostró por el adefesio canino, un amor a primera vista, incontrolable y bien correspondido, a juzgar por la incesante agitación de una cola y por unas manitas sucias, portadoras de caricias y bacterias.

            La valentía de la pareja, empleada para separar a estos dos nuevos compañeros, resultó tan escasa como la limpieza del cachorro. Forasteros en esas tierras, alejados del terruño, se volvieron duros y prácticos para tomar decisiones, pero también, seres sensibles ante la soledad y el destierro.

Tras acuerdo entre las partes, convinieron en adoptar al can, previa y urgente visita al veterinario. Con el fin de convertirlo en ciudadano respetable, digno de pertenecer a la familia, aceptaron costear el paquete de: baño anti-pulgas, vacunación, desparasitación y tratamiento estético.

El pequeño perro, después de perder una importante capa de suciedad y de pelo, se convirtió en un agradable animalito que, por su aspecto y nuevo peinado, ya respondía al niño por el nombre de: “Cepillo”.

—Estoy seguro de que la persona que perdió a esta mascota, la quería muchísimo.

—¿Por qué lo dice, doctor?

—En el hueso de su patita, tiene una placa de platino. Estas piezas se colocan en casos de fracturas importantes. Y créame, son bastante caras.

Esa notable observación modificó todo lo proyectado. Fue difícil explicar al niño que lo mejor y más decente, sería devolver el perrito a sus dueños, quienes, de seguro, estarían sufriendo por su pérdida. El desapego era una de las asignaturas aprobadas por la pareja, la honradez, fue otra. Entre el dolor del niño por desprenderse de su nuevo amigo y la justicia, terminó por prevalecer esta última.

En el mostrador del aviso económico del periódico, se atendió a una señora, a un niño y a un perro, que acudieron a publicar una foto con la leyenda:

“Busco a mis dueños”.  

La reportera, que en ese momento pasaba por ahí, olfateó una historia. Después de las preguntas de rigor, entretejió una pieza informativa y tomó las gráficas idóneas, dignas de aparecer en la sección dominical del periódico. Por supuesto, en primera plana.  

Eran las ocho de la mañana del domingo. El teléfono cuyo número se publicó en la crónica, comenzó a sonar con insistencia. Uno a uno, los más de cincuenta interlocutores al otro lado del auricular, aseguraban ser los dueños del perrito.

Este relato perrón, con el destino final de “Cepillo”, continuará…

Twitter: @LiraMontalban

2 comentarios en “Cepillo”

  1. Querido escritor… no sé ni qué decirle. Pero bueno, en realidad si lo sé; y es: “No se vale” me quedé en ascuas…
    Mi humilde opinión es que el pequeño niño debería de quedarse con el can. Pero pues como siempre, la última palabra la tendrá usted mi apreciable escritor.
    Quedo atenta. Saludos afectuosos.

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