Cepillo, parte dos

Cincuenta posibles dueños de un mismo perro, llamaron ese domingo muy temprano. Lo hicieron motivados por el reportaje aparecido en la sección dominical del periódico. Ahí se describía la historia de un pequeño perro perdido, omitiendo con todo propósito su foto y sus datos precisos a fin de que el dueño, al describirlos, demostrase su propiedad.

Cada uno de los candidatos narraba, entre la vehemencia y la demencia, anécdotas de la vida de su amada mascota perdida. Las historias se reproducían con altas dosis de sentimiento, en la frontera con lo cursi.

—Acerque usted el teléfono a mi “Pingüis”, ya verá que se alegrará al escucharme.   

—Su “Pingüis”: ¿es macho, o hembra? ¿es negro, o café?

Se hicieron intentos por saber si el nombre con el que se llamaba al perro provocaba alguna reacción. Se escuchaban por la toda la casa nombres tan disímbolos como ridículos: Bubis, Cucho, Chispa, Atila, Pilín y demás originales etcéteras.       

La mitad de las llamadas tuvieron que ser desechadas, ya que fracasaban en un pequeño detalle: el sexo del perrito. En este caso, los que dijeron que era hembra: erraron. Otro buen porcentaje de candidatos encontraron un dique a sus aspiraciones en el tema del color. El perrito era de color blanco, pero las tonalidades señaladas por los aspirantes iban desde el color miel hasta el café oscuro, con manchas blancas o negras en la panza.

Para el medio día, las llamadas cesaron. La lista de finalistas se redujo a tres. La cualidad principal para ser elegidos fue su honestidad: los tres aceptaron no ser dueños del perrito, pero se ofrecieron a adoptarlo en caso de que el propietario original no apareciese. Con la promesa de concertar próximas citas, se cerró la etapa de entrevistas para dar paso al veredicto final. Las opciones eran: uno, seguir buscando al dueño y dos: abortar la operación e incorporar a “Cepillo” a la familia (nombre al que sí respondía). La balanza se inclinó con entusiasmo hacia la última alternativa.

Un ataque de estornudos interrumpió la sesión en forma alarmante. El niño daba muestras de que algo alojado en su nariz se negaba a salir. El episodio entraba en etapa de calma para regresar con más fuerza minutos después. La barrera de lo normal fue rebasada. Tras varias revisiones oculares que no condujeron a nada, se determinó visitar al pediatra.

El lunes, a las nueve en punto, madre e hijo, sentados en la sala de espera del consultorio, esperaban su turno. Los estornudos fueron menos frecuentes y severos que los del día anterior. El niño aprendió ese día una ley no escrita de las enfermedades: al entrar a la consulta, los síntomas desaparecen y los doctores toman al paciente por exagerado. El mismo fenómeno sucede al llevar el coche al taller: los ruidos desaparecen como magia.

El doctor observó una irritación en las membranas mucosas, que inducía picor, escozor y lagrimeo. Solicitó exámenes completos para descartar rinitis alérgica, prescribió antihistamínicos y despachó al enfermo con todo y sus secreciones a otra parte.

Al llegar a casa y corresponder a los efusivos saludos de “Cepillo”, los estornudos regresaron con toda su fuerza. El culpable de los mismos fue descubierto. Los estornudos regresaban al reunir al “binomio canino”.

El costo de los exámenes solicitados por el médico fue ahorrado y la decisión de regalar al perro, tomada. La alergia fue el argumento que hizo al niño olfatear el porvenir.

Para el proceso de adopción, la lista de los finalistas y la ayuda de la vecina Estela y su cajuela, fueron determinantes.

Estela era famosa en la colonia por ser dueña de más de cinco perros y por su desinteresada labor de colocar a otros en adopción. Y su cajuela, famosa porque ahí guardaba todo tipo de cosas. La despensa de la casa, por ejemplo. No confió nunca en la honradez de sus asistentes domésticas.

Con entusiasmo, el equipo de vecinas visitó las casas de los posibles adoptantes. La familia finalista estaba compuesta por una mamá viuda y su pequeña hija de siete años. “Cepillo” fue el encargado de tomar la decisión final. La manera en que corrió para aceptar el abrazo de la niña aclaró cualquier duda.

Con los años, la alergia y el recuerdo de “Cepillo” se desvanecieron. La presencia de otros perros ya no fue factor de estornudo y el amor pendiente por dar, se desbordó en las próximas mascotas de la familia, que fueron muchas más de las que la prudencia y Estela, aconsejaron.

2 comentarios en “Cepillo, parte dos”

  1. Querido escritor, respeto su decisión de que “Cepillo” haya quedado en las manos de esa pequeña niña y su madre. Debo de reconocer que fue una excelente decisión literaria. Ya sé que no ha pedido mi opinión al respecto, pero al final me hizo feliz, así que considero que su texto, al menos en lo que a una servidora respecta, logró el consabido goce literario. Nada como un final feliz, gracias, querido amigo.

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