Kilauea

Si a una minivan de tamaño chico, preferentemente de color azul cobalto, le quitas las ruedas y las cambias por unas barras paralelas de acero; si en el espacio de la cajuela instalas un motor bien grande, le añades una larga cola con un rotor al final, en el techo le colocas unas aspas muy, pero muy grandes, y en la puerta un bonito letrero que diga: Blue Hawaiian Helicopter Tour Company, tu creación será entonces similar a la apariencia que yo le encontré a ese airoso aparato, que comenzó a ponerse aterrador cuando, en la fila de alegres convencionistas a la que pertenecía, no tuve respuesta convincente a la pregunta: “¿En eso nos vamos a subir?”Lo siguiente que nos deparaba el porvenir serían varios sustos.

Primero: el precio. “No seas agarrado, ya todos dijimos que sí, ni modo que ustedes no vayan”. “Oye, pero: ¿ya viste el precio?” Los habitantes originales de esas islas eran polinesios, nosotros éramos más necios y, ¡ahí vamos!

Segundo susto: el curso de seguridad obligatorio para estos viajes y antes del abordaje era en inglés. “Gordo, no entiendo nada”. “Tú no te preocupes, pon cara de que sí y déjate llevar”.

Tercer susto: el piloto, en consonancia con el curso, solo hablaba en inglés y era muy bromista. “Gordo, ¿qué me quiso decir?” “No hagas caso y sonríe, dice que esta cosa es muy segura”.

Cuarto susto: la minivan con aspas comenzó a tomar altura; la pista, la torre de control y las edificaciones cercanas comenzaron a empequeñecer; mi mano, apretada contra la de mi esposa, también.

Quinto susto: la imponente silueta del volcán Kilauea se mostraba ante nosotros amenazante. “Gordo, estoy mareada”. “No te preocupes, mira, aquí en el respaldo del asiento hay una bolsita para el mareo”.

Sexto susto: el viento nos mecía a voluntad mientras el piloto despreocupado seguía con su perorata ininteligible y por lo visto repetida cientos de veces. Nuestros otros dos compañeros de viaje, con innegable pasaporte americano y actitudes de lunamieleros, también reían nerviosos y, al igual que nosotros, entre arrumacos se daban ánimos.

Las belleza de las extensas plantaciones de nueces de macadamia a nuestros pies, delimitadas por encendidos ríos de lava ardiente que devastaban todo a su paso, nos daban la única conexión con la tierra, tan necesaria para calcular la pequeñez, al tiempo que la fragilidad de nuestras existencias.

Séptimo, último y principal susto: llegamos al fin a circunnavegar la enorme boca ardiente del volcán. Entre el murmullo del motor y las incomprensibles explicaciones escuchadas en nuestros sudorosos audífonos, creímos entender que a unos cuantos metros bajo nuestros pies, en aquella caldera hiperactiva de proporciones descomunales, el magma ardiente se fundía a tan solo mil grados centígrados, y que cualquier error de navegación, bromista el muchacho piloto, nos derretiría sin antes pronunciar: “¡Aloha!” Imágenes bellísimas e impresionantes del anillo de la boca del infierno se nos mostraron durante fabulosos y eternos cinco minutos de vuelo. Entraron al catálogo de las experiencias inolvidables de nuestras vidas, a las que nos aferramos con tanta fuerza como a la felizmente innecesaria bolsa para el mareo y sus efectos. Volando de regreso, antes de enfilar hacia el helipuerto, el piloto nos llevó con pericia a seguir el recorrido de la lava ardiente en su camino de destrucción; árboles, granjas, casas y todo lo que se atravesara en su lento pero inexorable viaje. La sorpresa fue mayúscula al ver que los ríos de lava se perdían aún ardientes en las profundidades del océano Pacífico sur. Al fin aterrizamos, no besamos la tierra por pudor, pero agradecimos al cielo y al Rey Kamehameha the first, señor de las islas, por su hospitalidad. Tiempos idos de convenciones patrocinadas, tiempos de sustos inolvidables. Tiempos de descubrir que compartimos el mismo gusto por los helicópteros; no tenemos miedo a volar, sino a que se caigan.

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