De la tiznada

Se sabe que eres mexicano cuando tienes una prima que se llama Guadalupe, le dicen Lupita y además vive en Puebla. Se sabe que eres un mexicano suertudo cuando tu prima Lupita, a quien de cariño conocemos por Cachita, te invita a su boda y regresas vivo para contarlo.

La prima Cachita es de esas raras personas que siempre está alegre, que quiere a todos y a la que todo el mundo quiere, de manera que esos todos, desde los rincones más remotos, asistimos jubilosos a su boda. Bien organizados como somos, rentamos casi todo el quinto piso de un hotel en el corazón de la cuatro veces Heroica Puebla de Zaragoza y de los Ángeles, y de los moles y de los camotes y, creo que benemérita también.

La boda fue un suceso que ha quedado grabado en lo más profundo de la memoria de la familia superviviente de esa entrañable eventualidad. Fue alegre como la novia: desde los saludos, la misa, la recepción, la opípara comida, los varios brindis, los rítmicos bailables, la víbora de la mar, el ramo volador y todo el aparato nupcial acostumbrado. Al final del festejo, no podía faltar la escapada de la juventud a “seguirla” y a terminar irreconocibles a eso de las tres de la mañana. Los papás, los tíos y los recién casados ya no participamos en esa segunda etílica y taquera etapa.  Acomodamos al fin nuestras euforias en las almohadas de las habitaciones del quinto piso familiar del hotel. Hasta ahí, el saldo del festejo había sido dichoso.

Mi hermano Ricardo, único abstemio del grupo, contribuyó en la noche de ronda como conductor resignado. Después de repartir cantantes folclóricos improvisados a sus respectivos domicilios, llegó adormilado al hotel.  Al abrir las puertas del elevador, un humo denso lo hizo despabilar; a partir de ese momento todo fue confuso. Regresó corriendo a la recepción a dar aviso de incendio. Ahí le informaron que la situación ya estaba siendo controlada y que los bomberos venían en camino. Preguntó si ya habían dado aviso a los huéspedes, en especial a los del quinto piso. Los indolentes empleados le contestaron que no lo habían hecho aún por no causar alarma. De inmediato y previa reclamación enfurecida, tomó el teléfono y una a una se comunicó a las habitaciones de la familia.

Entre sueños escuché el timbrar del teléfono, los insistentes golpes en la puerta, la angustia de mi esposa que me urgía a vestirme y a salir corriendo. También entre sueños amarré con toda calma mis agujetas mientras le explicaba que debía tratarse de una broma del tío Pancho. Vistiéndose a toda prisa me reclamaba alterada: “¿Qué, no ves la gravedad de la situación?”

Ni broma ni nada: el segundo piso del hotel ardía en llamas, el humo producido entraba por debajo de nuestra puerta que era ya, como todas las del piso, golpeada insistentemente por mi esposa y parientes, quienes avisaban de la urgencia de abandonar el hotel.  En los momentos de mayor angustia, el sentido de supervivencia personal hace olvidarte de todo y de todos los demás, pero en medio del humo pude distinguir, entre gritos y empujones de pesadilla y envueltos en toallas húmedas, a mis padres a mis tíos y a mis primos. Tras advertencias de: “¡No usen el elevador!”, alguien encontró la salida de emergencia y la abrió; una columna de humo más denso aún nos quitó el poco oxigeno respirable que quedaba. Un par de señoras que no pertenecían a la familia y de edad que adivinamos era mucha, presas del pánico, se negaban a bajar. No dedicamos mucho tiempo a convencerlas. Los servicios de emergencia ya llenaban la calle con sus sirenas y sus unidades de rescate. Seguimos las instrucciones que desde la oscuridad del cubo de la escalera nos gritaba alguien que, de lo poco que había por inspirar, nos inspiró seguridad. El tiempo que nos tomó bajar esos cinco pisos sin un aire conveniente, nos pareció eterno. 

Uno a uno, los huéspedes y los miembros de la familia fuimos apareciendo en medio de la calle, tosiendo y resoplando, con los pelos parados, algunos en pijama, algunas en camisón, o con las galas del día anterior en franca decadencia e incompletas. Las dos señoras que se negaron a bajar, lo hacían ahora en camillas con mascarillas de oxígeno y signos vitales escasos, al igual que el personaje que en medio de la confusión nos gritaba instrucciones en el cubo de la escalera y a quien confundimos con bombero, pero que en realidad era un borrachito extraviado que Dios mandó para guiarnos. Ya más repuestos del susto y como buena familia unida, el improvisado encuentro callejero se recompuso y nos fuimos en caravana a la casa de la mamá de la novia.

La tía Bruni, cómplice de los derechos de autor de Cachita, nos recibió alarmada por la noticia y dedicó todo su proverbial amor al prójimo y su energía a repartir tecitos y pan para el susto. En medio de la sala abarrotada, y por si las cantidades ingentes de humo previamente aspiradas no hubiesen sido suficientes, no faltó quien encendió su cigarro; entre ellos, uno de los miembros más campantes de la familia: el tío Eugenio, que alegremente platicaba con una señora cubana de no mal ver y de camisón de más ver. Ella era una huésped del hotel a quien el tío invitó amablemente a seguirnos, a compartir anécdotas y a agradecer a Dios por nuestra supervivencia. La actitud del tío tuvo varias reacciones: desde miradas reprobatorias, críticas a media voz, hasta elogios por su ocurrente invitación, empezando por los del sector masculino y siguiendo por los de su esposa, la tía Rosita, a quien poco a poco nos fuimos uniendo todos, ya animados a seguir la fiesta.

Uno de los recuerdos alegres que tengo de mi niñez, es el de la salida de las misas del domingo, y ahí, al tío Eugenio, amigo de todos, siempre sonriente y saludando. Contando anécdotas y chistes, era el último en irse. 

Cuando reflexiono sobre los otros, en las personas diferentes a uno, la costumbre me remite a ver hacia los lados a la gente de otras culturas o religiones, a los extranjeros, a los emigrantes. Pero hoy quiero mirar hacia arriba y recordar a una minoría de otros que también están ahí y que, en contra de la norma popular, son felices.  En los incidentes como el poblano, en donde lo habitual es dejarse llevar por la desesperación o la angustia, aparecen ellos, que son muy pocos, a dar ejemplo ante la adversidad.  No tienen sonrisas ni vidas perfectas como la de los personajes de las revistas que amablemente nos saludan desde los puestos de periódicos; son genuinamente felices, conformes con lo que la vida les da, sea esto bueno, malo, o trágico. Si el tío Eugenio estuviera todavía aquí con nosotros, seguramente seguiría riendo y recordándonos la fiesta en la que convirtió esa contingencia de la tiznada.

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