Yo no soy financiero,por ti seré

La tripulación hacía esfuerzos desesperados por arreglar el problema; cada vez que lograban recuperar los registros de los instrumentos de navegación, veían con angustia lo que estos indicaban: el pequeño submarino descendía cada vez más en las oscuras profundidades del mar; cincuenta metros, setenta, cien. De seguir así, recobrar la estabilidad y volver a la superficie sería cada vez más difícil. El poco combustible restante y el oxígeno del que disponían, se agotarían en un máximo de una hora. La marinería consternada estaba compuesta por: un veterano navegante de submarinos, un antropólogo experto en la exploración de naufragios y su capitán, quien se afanaba en restablecer los instrumentos e infundir calma ante el pánico manifiesto.

Su intuición de marino se lo reclamaba: no debió haberse embarcado en esta expedición, lo suyo eran los barcos, no los submarinos, pero al aceptar el encargo ayudaba a un buen amigo y se ayudaba él mismo a salir del agujero económico y emocional en el que se encontraba. Hacerse cargo de esta exploración, por otra parte, era muy atractivo. De tener éxito, esto le representaría un porcentaje del tesoro encontrado.

Hacía un año que no contaba con un trabajo estable y, aunque tenía algunos ingresos fruto de sus ahorros, lo que más les preocupaba a él y a su esposa eran su depresión y sus angustias, resultado de aquel accidente en donde el barco mercante a su cargo naufragó. Ese lamentable evento los llevó a perder una parte del patrimonio apostado en la empresa. Los remordimientos lo acosaban: tal vez aquel no había sido un buen momento para lanzarse a la aventura de comenzar su propia empresa naviera, pero considerando alegremente que tenía la capacidad y los recursos, tomó la decisión.

Recuperó el coraje de aquél que en sus inicios fue un obstinado marino que, por sus méritos, recibió la oportunidad de hacerse cargo de un viejo barco con el que, a pesar de las carencias, pudo cumplir con tareas que parecían imposibles en aquellos violentos mares del norte. De aquel joven capitán que, con el tiempo, logró hacerse cargo de una de las más grandes naves insignia de la compañía naviera para la que trabajó. El dueño original de esa empresa dejó en este mundo recuerdos agradecidos por parte de su personal; pensaba que si sus capitanes estaban bien pagados, sus barcos estarían bien cuidados, pero sus hijos y, peor aún, sus nietos, no pensaban igual. Constantes abusos llenaron el vaso del capitán, la decisión de independizarse se hizo entonces necesaria. El día de su soñada renuncia, una última injusticia cerró con broche de oro esa historia de treinta años de servicio: lo que recibió como compensación fue una cantidad equivalente a cero, una sonrisa burlona y el recordatorio de que ni la conciencia ni el criterio del dueño, fueron a trabajar ese día.

Una vez libre, se lanzó a la aventura; el dinero con el que apuntaló sus operaciones provenía de sus ahorros y de la asociación con dos entrañables cómplices: uno, antiguo colega, otrora encargado de una nave en los mares del Pacífico, y el otro, su tío. Ambos compañeros en sus juventudes marineras y víctimas en su tiempo de los mismos abusos. Confiaron en él para operar la naciente empresa. El primer socio conoció de los intentos por hacer crecer el negocio, pero ya no supo de su final por haber muerto un año antes, víctima de un infarto fulminante en alta mar. Cuando este sobrevino, sus hijos quedaron a cargo como nuevos socios. Ocurrió entonces el evento desafortunado; tal vez fue el exceso de cansancio, tal vez las condiciones del barco o del clima. Mil y una razones del naufragio indescifrable pasaron por su mente y sobre la mesa de los consternados socios durante los siguientes días. Las pérdidas, las culpas y las disculpas fueron repartidas. El tío, comprensivo en todo momento, tratando de sacar a su sobrino, capitán de la humillación, se lo repitió en varias ocasiones: en los negocios, a veces se gana y a veces se pierde.  

Sus reproches eran tan hondos como la medida en la que el submarino descendía. Era irónico: nunca le gustaron las artimañas, pero ahora era urgente un arreglo “por debajo el agua” antes de que ese tubo de metal se convirtiera en su féretro. Ya no pudo despedirse de su esposa y de sus hijos. ¿Recordaría ella que en el cajón del escritorio estaba la póliza de seguro? ¿Recordaría que la hipoteca quedaría a su muerte, automáticamente pagada? ¿Recordaría que en el siguiente cajón estaba su testamento? La última medición que pudo alcanzar a revisar, indicaba ya una profundidad de más de trescientos metros. Juró a Dios que, si salía vivo de este trance, cumpliría con una promesa que acababa de imponerse: esta sería su última expedición.

Disponía al menos de una tranquilidad: dejaba a su familia con recursos económicos suficientes. Su sueldo como capitán tuvo épocas buenas, y aquellos cursos de finanzas para no financieros, lo hicieron reaccionar a tiempo. Una buena parte de sus ingresos se salvaron de las garras del derroche. Su esposa, ahorrativa y experta en bienes raíces, aportó su trabajo y varias oportunidades en la compra de algunas propiedades que, ahora que los hijos habían concluido su educación universitaria, le hacían pensar en un retiro digno y anticipado. En su juventud, afirmaba que si el genio de la lámpara llegara a aparecerse para concederle tres deseos, el primero que él hubiese pedido, sin duda, era el de ser rico. No esperaba entonces que la vida y sus golpes le enseñarían algo tan claro: esa riqueza, hoy, ni era importante ni era necesaria. Tiempo de salud y de calidad era ahora el primer deseo que le pediría al genio.

Sus convicciones previas lo habían persuadido de que, a sus casi sesenta años y con la experiencia acumulada, habría sido un desperdicio retirarse. Tanto las presiones sociales como su deseo de salir del abatimiento, lo hicieron aceptar al fin esta misión de la que hoy tanto se arrepentía. En medio de su aflicción, se juró que ya no haría más caso a quien le dijera: “Aún tienes mucho que dar”. Si sobrevivía, se juró que no perdería ni un momento para disfrutar la vida, eran sus años dorados. Se juró salir por las mañanas a caminar con sus perros, se juró leer los libros que tenía pendientes, ver las películas recomendadas, volver a tocar su guitarra empolvada, comer bien, beber mejor, viajar más. Pero, sobre todo: se juró recuperar algo que le provocaba un íntimo placer: escribir. Decidió, por cierto, dedicar un texto de despedida para su familia, buscó papel y lápiz bajo el desquiciado tablero de instrumentos.

Con apuro sentimental les pedía que no lloraran su ausencia; que ,al final, la cercanía con la muerte le daba un repentino sentido a su vida, que el balance era bueno y que de tener la oportunidad, la volvería a repetir. Quiso escribir muchas cosas emotivas más, pero el oxígeno, que ya era insuficiente, le nublaba el entendimiento. En estos penosos adioses estaba cuando, de repente, muchos focos verdes rojos y azules se reflejaron en sus lentes empañados. Al fin los instrumentos revivieron, el control de la nave se pudo recuperar. Lentamente el aparato comenzó a ganarle metros al mar llevando a su aliviada tripulación a la superficie. Al volver a ver la luz del sol, el capitán abrió la escotilla, respiró profundamente, intercambió sonrisas y palmadas con sus colegas y guardó la carta en el bolsillo. Para otra mortuoria ocasión y por si alguno de sus lectores le reclamase algún día que sus textos carecían de profundidad, al menos podría asegurar que este fue escrito por debajo de los quinientos metros de ella.

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