Persiguiendo un sueño

El sueño lo dominaba casi siempre a las diez de la noche. Le era muy difícil permanecer despierto después de esa hora y, si por alguna razón lo lograba, ya no contaba con todos sus sentidos. Acaso, conservaba el sentido de la orientación; gracias a él, se dirigía a tientas al baño en medio de la oscuridad. Por eso consideró un error el haber aceptado la invitación a la inauguración de aquel bar. Sabía que la fiesta comenzaría a las diez y que se prolongaría hasta la madrugada. Además, tendría que soportar la música a todo volumen y las desquiciantes luces. Una agresión constante para su apática y somnolienta persona.

            El compromiso era ineludible y su esposa no le perdonaría un desaire. Y el propietario del bar y jefe de su esposa: menos. Otro factor en su contra era la distancia a recorrer. Era obligado quedarse a dormir en un hotel de la ciudad vecina, orgullosa poseedora del flamante bar.

            Reunió toda su tolerancia. Por debajo del saco, vistió el chaleco que le tejió su madre. Su clásico diseño de rombos no le daba el aspecto juvenil que el lugar requeriría, pero lo mantendría cómodo y protegido del frío. “Esté yo caliente y ríase la gente” era la frase que le enseñó el viejo don José, y que aplicaba siempre que las críticas a su aspecto lo hostigaban.

Adiós, chaleco. Esta vez, no sólo fue la crítica de su esposa con la que tuvo que lidiar y que, como en otras muchas ocasiones, ignoró. En esta ocasión, ella se hizo acompañar por la esposa del jefe. Ambas consideraron inaceptable el uso de esa prenda que, además de anticuada, le resultaría estorbosa al interpretar los pasos de baile que amenazaban con ser inevitables. 

            Llegaron por fin ante la puerta del bar. Caminaron en medio de la multitud que, congregada, ya llenaba la calle. La mayoría de ellos, jóvenes que no rebasaban los treinta años de edad y que contrastaban con los más de cincuenta de los invitados y de los socios del propietario.

            El personal de seguridad abrió paso a la comitiva. La ceremonia dio inicio con las infaltables palabras breves, plenas de lugares comunes. Las brillantes tijeras que cortaron el listón, dieron la señal de entrada. Las mesas fueron ocupadas y las charolas con copas de champaña circularon por todo el lugar. El volumen de la música, como era de esperarse, impidió a partir de ese momento sostener la más nimia conversación. Por lo que la mejor distracción, además de las minifaldas, era atacar los bocadillos. Después de los brindis, otras botellas aparecieron en las mesas: tequilas, rones, whiskies y otras más, estaban a la disposición.

El exceso de líquidos hizo que una vejiga descontenta reclamara atención. Sin chaleco y sin dominio pleno del equilibrio, se dirigió al baño. A pesar del aturdimiento, le pareció extraña la presencia del guardia de seguridad que caminó a su lado en todo momento. Supuso que también la vejiga del guardia tenía alguna reclamación. Sus recelos tuvieron un incremento considerable cuando el guardia permaneció a su lado, pero sin intenciones ni acciones de evacuación alguna. La pregunta referente al porqué de esa actitud era obligada. Pero no hizo al escolta sentirse increpado. Obtuvo como respuesta un lacónico: “Son órdenes”.

            La fiesta continuó y el cansancio no llegó. Uno de los socios, habitante de aquella ciudad, y generoso como el que más, invitó a la comitiva a “seguirla” en su casa. Una vez instalados y con vasos en las manos, la fiesta se reanudó y el cansancio: tampoco llegó. A pesar del desvelo y del alcohol, todo permanecía en aparente orden. Cosa en verdad muy rara para el personaje sin chaleco. Tan rara, que ganó varias partidas del torneo de “jenga” que se organizó. Logró salir invicto gracias a un extraño pulso impecable y una concentración superior.  

            La salida del sol coincidió con las despedidas. El sueño seguía sin dar ninguna señal. Las únicas señales visibles a esas horas eran las de tránsito. Los semáforos fueron testigos de cómo, poco a poco, los párpados de la pareja se iban cerrando. Fue entonces cuando el sopor apareció en forma incontrolable. De sus labios, solo se escuchó la frase de Martin Luther King: “Tengo un sueño”. Decidieron entrar al hotel más próximo y no volvieron a saber del mundo hasta que, agrediendo sus caras, el sol del mediodía los despertó.

            Los invitados que permanecieron en la casa, fueron cayendo dormidos poco a poco, recostados en los camastros de la alberca o sentados en los muebles de baño. El último en caer fue el dueño del bar.  Sonreía con malicia, festejando la idea perversa que aplicó para que su fiesta se prolongase por más horas: le pareció un detalle hospitalario verter sin avisar sustancias psicoactivas en las copas de sus incautos invitados.

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