Currucutucú

En la fila para entrar al teatro estaban todos: los amigos, los vecinos y hasta los que se fugaron del trabajo para ver al gran hipnotizador. Leyenda viva de los escenarios, amo y señor del subconsciente. El gran maestro: Osiris Máximo.

            La ocasión era única, en el pequeño teatro del pueblo no era usual presenciar espectáculos de tal importancia. Valía la pena pagar el elevado costo del boleto y hacer una hora de fila para acceder al recinto. Muchos en el pueblo habían invertido sus ahorros en la compra de los libros publicados por el gran maestro, en donde se explicaban paso a paso los rudimentos para convertirse en un gran hipnotizador. La publicidad de sus cubiertas prometía el dominio que de sus semejantes dispondría, aquel que se atreviese a cruzar el umbral del conocimiento, hasta ahora revelado solo a los iniciados.

            Las butacas estaban llenas en su totalidad. Algunos prefirieron sentarse en las escaleras de los pasillos antes que perderse el gran espectáculo. La expectación era enorme. Las luces del teatro se apagaron para dar paso a la única luz emitida por un gran proyector y que dominó el centro del escenario. Entre redobles de tambor y taquicardias varias, el telón se elevó. Apareció el gran Osiris entre una nube de humo y un gran estruendo de fuegos artificiales. El aplauso del respetable fue interrumpido por una señal del mago que, al hacer girar su capa, dio la orden de guardar silencio. No hubo necesidad de dar instrucción verbal alguna. El público, bajo los efectos de un conjuro mágico, reaccionó con obediencia ciega.

            El gran maestro hizo su presentación. Con suave voz, al tiempo que terminante, hizo un recuento de la historia del hipnotismo desde tiempos remotos. Utilizado solo por los grandes maestros iluminados, prometió que esa noche, sí, esa misma noche, sus secretos serían revelados a los simples mortales.

            Una vez terminada la cátedra, invitó a pasar al frente a aquellos que voluntariamente quisieran formar parte de este experimento. Muchos entusiastas levantaron la mano, solo cinco serían los elegidos. El gran maestro escogió a aquellos que le parecieron los candidatos más idóneos. No faltó el vecino mal pensado que se atrevió a sugerir una trampa. Su argumento era que los elegidos eran simples “paleros”. El mago, a pesar de estar alejado de la fila en la que se situaba el incrédulo y de los murmullos que llenaban la sala, escuchó al desconfiado y, ante el asombro de todos, lo invitó a subir al escenario. El personal de tramoya había colocado cinco sillas para recibir a los voluntarios, así que hubo que agregar una más.

            El resto de los asistentes guardó sus comentarios. Las dudas estaban de sobra, muchos reconocieron entre los voluntarios a Chuchita la panadera, a Toñito el cartero, a Juancho el carnicero y a las jóvenes hijas de don Filemón, el señor presidente municipal. De manera que las sospechas de argucias baratas quedaban descartadas.

            El silencio llenó la sala, bastó que el gran maestro levantara los brazos para que, a un tiempo, todos quedaran en absoluto silencio. Tocó el turno al primero de los voluntarios. Situado a sus espaldas, el encantador de voluntades comenzó a darle instrucciones en voz muy baja y melódica:

“Tienes mucho sueño, tus pupilas pesan, no tienes dolor, no tienes molestia, te sientes muy cansado, muy relajado”.  

Repitió esta orden en varias ocasiones, hasta que la cabeza del espontáneo, vencida, cayó sobre su pecho en señal de que un sueño profundo lo rendía. El maestro le ordenó ponerse de pie. A partir de este momento, de acuerdo a las instrucciones recibidas, el sujeto ya no era el simple cartero del pueblo. Ahora era el gran tenor Luciano Pavarotti. Las notas de un “O Sole Mío”, ejecutado con maestría, hicieron al público brindar una atronadora ovación. El asombro era total: todo el mundo sabía que Toñito, en cuanto a voz, solo presumía un “chisguete”.

Al chasquear sus dedos el maestro, el gran cantante volvió a ser el cartero y al solicitarle entonar algo de su repertorio, el pobre hombre lo hizo tan mal, que fue víctima de la rechifla de la concurrencia. Para el segundo número, todos los voluntarios, incluyendo al escéptico, a una orden del habilidoso hipnotizador, cayeron en profundo sueño. A cada uno de ellos le fue asignado un animal para representarlo. El escenario se llenó de ladridos, maullidos, rugidos y balidos.

Para mala suerte del artista y del público, el evento tuvo que ser suspendido en forma abrupta por órdenes del presidente municipal, quien no pudo soportar las burlas que provocaron sus hijas entre el público.

Dueñas del escenario, no paraban de agitar sus brazos a manera de alas. Remontando el vuelo, felices, cual si fuesen un par de palomas. Canturreando melosas y persistentes: currucutucú.

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