Pieles rojas

Fue muy breve la participación de aquel grupo de rebeldes adolescentes en los cursos que los convertirían en “boy scouts”. No obstante, los conocimientos adquiridos les dieron el valor para emprender la aventura. No consideraron importante obedecer las instrucciones de los jefes de la tropa exploradora. Sus reglas, según su entender, no distaban mucho de las aprendidas. Arrojados como eran, consiguieron las mochilas, calzaron las botas que les parecieron más adecuadas, vistieron las chamarras más impermeables, adquirieron las provisiones y, lo más importante: invitaron a un amigo propietario de una tienda de campaña.  

Se encaminaron al bosque más cercano, sin más brújula que su instinto y sin más indicaciones que los consejos de los campesinos del lugar. Acordaron que el mejor lugar para la acampada sería el más salvaje y por tanto, el que más retos les ofrecía. Cansados, después de caminar más de diez kilómetros en busca del lugar en donde edificar su domicilio por un par de noches, establecieron sus coordenadas entre inmensos pinos, ríos de aguas heladas, cascadas y truchas saltarinas. Tuvieron poco tiempo para reponer las fuerzas: la tormenta ya no era solo una amenaza, recias gotas comenzaban a caer sobre ellos. Con urgencia, sacaron las piezas de la bolsa que contenía la tienda de campaña e ignoraron las instrucciones de su dueño, o mejor dicho, del hermano del dueño, quien no tenía ni la menor idea de por dónde comenzar a armarla.

Lo primero que debieron colocar sobre el piso era una base de plástico impermeable y, sobre esta, apoyado en varillas telescópicas: el toldo. Debajo de éste, debieron colocar las lonas de color rojo intenso con ventanillas de plástico que le daban cuerpo a la vivienda. Pero no fue así. Lo hicieron todo al revés. Empapados y a tientas, encontraron las alcayatas que sujetarían las cuerdas que tensarían la estructura. Las hundieron en un lodo que no ofreció gran fuerza de sujeción. Casi sordos por el ruido de la tormenta y casi a ciegas levantaron la lona. Con las manos ateridas lograron anudarla gracias las técnicas aprendidas en su modesta incursión al mundo del “escultismo”.

Fue difícil dormir en una tienda con goteras. Mojados, temblando de frío y sin posibilidad alguna de encender una fogata que los calentara. Disponían de suficiente comida enlatada, pero no llevaban abrelatas. El menú para la cena fue una mezcla de galletas y pan mojado. Con cigarros y tequila llevados de contrabando, olvidaron por un momento las incomodidades. Cerca de la media noche la tormenta amainó, la Vía Láctea iluminó el campamento. La vista de aquella maravilla compensó todos los sufrimientos.

Los primeros rayos del sol revelaron su insensatez: la lona roja, la que siempre debió estar bajo la cubierta plástica. La que nunca debió ser tocada por el agua, según el instructivo anexo y enlodado, pintó todo de rojo: sus cabellos, sus caras, las manos, la ropa, los utensilios, todo. Por más que se lavaron en las aguas heladas y aromáticas a trucha, el color no desapareció y las burlas tampoco. Una tribu piel roja luciría desteñida al lado de ellos.

            Era indispensable preparar una fogata. Todo estaba en su contra: la leña mojada, el pasto resbaladizo, las veredas enlodadas, las manos insensibles. Sólo contaban con una caja de cerillos. El encendedor declaró su inutilidad después de dar fuego a muchos cigarros y de alumbrar lo que la linterna ya no quiso. La nueva tribu piel roja, después de internarse en el bosque y conseguir leña seca, logró al fin encender un pequeño fuego. Tras muchos cuidados, la fogata adquirió dimensiones considerables.       

El calorcito, la comida de unas latas abiertas a golpe de piedra y el tequila, moderaron los rigores de la naturaleza. Con la voluntad en franca embriaguez, decidieron nadar desnudos en el agua helada de la laguna y secarse tirados al sol.  Las quemaduras en la piel se confundieron con lo rojo de su color. El frío, el hambre, los mosquitos, la ausencia de cerillos y las incomodidades varias, los obligaron a dar por concluido el campamento antes de lo planeado. La caminata de regreso fue un martirio. Con la mochila a cuestas sobre las espaldas quemadas y con las botas mojadas y en una talla menor a la de sus pies hinchados.

Su aspecto puso en alerta a los habitantes de cuanta ranchería cruzó por su camino. Sus enrojecidas figuras fueron confundidas con las de ánimas de otros mundos o con las de miembros de alguna secta infernal. Antes de que los asustados pueblerinos organizaran su linchamiento, treparon corriendo al primer autobús que los llevó de regreso a la civilización, a su regadera con agua caliente, a la antes despreciada y ahora muy valorada sopita preparada por sus madres, a la comodidad de sus camas y a soñar con la próxima escapada.

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