Mecano

El presupuesto no alcanzaba para comprar los juguetes de moda a esos niños. Eso nunca fue impedimento para la diversión: simples cajas de cartón se convertían en un blindado tanque de guerra. Los árboles, refugios en donde espadas arrancadas de sus ramas ayudaban a defenderse del enemigo que, con ligas de hule cargadas con cáscaras de naranja, atacaba a las patrullas en fuga. Palos de escoba que se arrastraban por el patio con jinetes en sus lomos, eran la caballería que llegaba a romper el cerco que se abatía sobre las tropas sitiadas.

            La imaginación aborrece los límites, desprecia las barreras presupuestales, se pitorrea de modas, de convenciones sociales, de horarios y de amenazas maternales.

La batalla tenía un límite: la hora de la cena. Los guerreros lo sabían: el llamado a cenar era el llamado a la paz. Las armas depuestas esperaban para próximas batallas, para afrentas por resolver. Las amenazas de muerte se disolvían entre los aromas a chocolate caliente y a pan de dulce.

De vez en cuando, la suerte amanecía de buen humor. De vez en cuando, el juguete que los primos mayores habían despreciado, arrumbado, olvidado, era presa del deseo de depuración de sus madres. El espacio en los armarios era un bien preciado.  Nuevas necesidades de consumo requerían espacio.

            Ese juguete viejo era un “mecano”. Sus piezas ya no estaban completas. Sus colores ya no eran los originales. En nuevas manos de primos adquirieron un valor inesperado. Fantásticos vehículos surgían de la unión de piezas y de la imaginación. Herramientas que apretaban tornillos y sujetaban segmentos, motor que zumbaba con la fuerza de una vieja pila en cuyos lomos presumía ser: “triple A”. Sabor a tuerca que se apretaba con los dientes, dolor de uña que hacía las veces de un desarmador, de pinzas.

            Era la expresión más conocida de la felicidad. De lo simple, del pequeño mundo hasta entonces dominado. Frontera de la alegría. Fracciones del tiempo que corría sin prisas, sin compromisos.

            Los años pasaron, los presupuestos cambiaron. La adolescencia, que asomaba, reclamó un nuevo reciclaje de juguetes. Nuevas generaciones aprovecharían la cada vez más mermada caja mágica. Más tarde, las responsabilidades matrimoniales tomaron el lugar de las fantasías. En la boleta de calificaciones, él ya no estampaba su firma arriba de la palabra alumno, ahora lo hacía en el lugar asignado para el padre o tutor. El proveedor, el encargado de que no faltara nada en el hogar. Guardián de lo próspero. Enemigo de lo adverso.

            El aguinaldo, después de poner al día las deudas y las hipotecas, era el salvoconducto a la felicidad según las escrituras, casi liberadas. Era una tarde del 5 de enero de camino a casa. La enorme juguetería era una invitación ineludible. En los coloridos estantes, la caja que removió sus recuerdos y sus pasiones lo esperaba. Un “mecano”. Esta vez: nuevo, esta vez: completo. No fue necesario perder el tiempo en decisiones ni en remordimientos. Todo fue bajarlo de su pedestal, acomodarlo en el carrito, formarse en la larga fila de la caja y, sin perder la sonrisa, firmar un contrato a doce meses sin intereses con los Reyes Magos del Oriente.

            6 de enero, domingo por la mañana, árbol de navidad que rebosaba en cajas envueltas para regalo. Residuos de esferas rotas a las que el gato consideró elementos dignos de ataque. Un perro en su persecución justiciera. Niños en pijamas. Aroma a plásticos nuevos. Un “mecano” en espera de ser descubierto y un padre más ansioso por abrirlo que el desconcertado niño en quien Melchor, Gaspar y Baltazar tenían puestas sus esperanzas. Piezas esparcidas por el suelo, herramientas en su empaque en espera de la creación. Un niño que después de hojear el manual, decidió que lo mejor sería comenzar de adelante hacia atrás. Nada de armar una aburrida bicicleta. ¡No, señor! El carro de bomberos articulado era un reto a la altura de su sobrada seguridad.

No hubo poder humano capaz de convencerle. Siendo las nueve de la mañana de ese “regio” domingo, los trabajos comenzaron con la ayuda del “metiche” y fascinado padre. Y siendo las seis de la tarde, el carro de bomberos ya transitaba por entre la estufa y el refrigerador. Sobre la mesa de la cocina esperaban los “Hot cakes”, prioridad de los niños. Y en la cama, dormían la siesta los anhelos del padre y sus recuerdos. Sus ilusiones infantiles culminaron entre suspiros en forma de un carro de bomberos abandonado junto al bote de basura. La madre de familia, que todavía no se reponía del susto después de conocer el monto de la transacción que su esposo firmó a largo plazo con el trío mágico de majestades del Oriente, se hizo la misma pregunta que sus hijos: “¿Y ese era todo el chiste del mecano?”.

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