Arritmia

Para los efectos de este relato, el número uno será: un, el cuatro: cua, y el ocho: och. La maestra de baile, con sus energéticos veinte años cumplidos, marcaba el ritmo así:

Unos pasos pa’lante:

Un, dos, tres, cua.

Otros pasos pa´trás:

Cinco, seis, siete, och.

Entre los alumnos de la última fila, estaba yo en mi primera clase de salsa, o de lo que pretendió serlo. En cuanto a salsas, mi gusto es por las menos picantes. Ni las elaboradas a base de chile habanero, ni las bailables, son mis predilectas. Fueron tantas las vergüenzas y los pisotones que sufrió mi esposa en bodas y quinceaños, que decidió que lo mejor para la sana convivencia matrimonial sería tomar clases de baile. “Date la oportunidad” me dijo insistente. “Suéltate, no seas cuadrado” remachaba. Como en tantas otras ocasiones: cedí a sus ruegos. Veinte veces repitió los pasos la entusiasta maestra, veinte veces: la “regué”.

Unos pasos pa´lante

Con el volumen de la música en el extremo de provocar la sordera, me fue necesario interpretar el movimiento de los labios de la sonriente maestra. Mi esposa colaboró feliz. Cabe hacer mención de que a ella sí le estaban saliendo los pasos a la primera. Yo no entendía nada. Estaba tan fuera de lugar como un aficionado del Guadalajara en medio de la porra del América.

Unos pasos pa´lante

  “Que no te dé pena, haz de cuenta que no te ve nadie”. Me dijo la maestra sin perder el ritmo ni la velocidad. No quise ser grosero, preferí no explicar que a mi edad esa preocupación estaba más que superada. El juicio de los bailarines era lo que menos me importaba. Eran los demonios de la incomodidad los que salieron a hacer travesuras con mi mal genio.

Su obstinación y su vasta experiencia como maestra de baile adjunta, que comenzó cuando ella tenía catorce, le indicó que mi problema de concentración era la vergüenza que yo sentía ante los danzantes intermedios y avanzados. Por lo que tomó la decisión de cambiarnos a otro salón a mi esposa y a mí, dejando al jacarandoso y cascabelero alumnado en los expertos pies del profesor titular. Mi esposa festejó la decisión porque, además de la sobrepoblación de bailarinas de “buen ver” ubicadas en el primer salón, también le parecía que algo me turbaba y que mi falta de actitud, calificada así por la comunidad de los siempre felices “coaches de vida”, y conocida por ella como: “carota”, mostraría una tendencia hacia el contento, en cuanto me saliera el primer paso respetable.

Unos pasos pa´lante

En mis primeras clases de guitarra, tuve que repetir la lección tres o cuatro veces. A la quinta, ya me salía un sonido inteligible. En las clases de escritura, me costó diez intentos entender en dónde van los puntos y en dónde las comas. Pero en la pista de baile, ya eran más de treinta las explicaciones y mis movimientos seguían siendo los de un bulto. “No te preocupes, así empezamos todos, llegará un día en que lo domines”.  Mi sonrisa forzada indicaba que yo no anhelaba la llegada de ese día. Mi felicidad era el final de la hora de la clase. Lo confieso: me sentía ridículo. No sabía tampoco qué hacer con las manos. La enseñanza cadenciosa comenzó a complicarse. La maestra torbellino nos confesó que ésta era su tercera clase de la tarde y que la garganta le comenzaba a fallar. De modo que el ritmo lo llevaría con las palmas. No esperó por nuestra respuesta.

Clap, clap, clap, cla.

En los enormes espejos se reflejó mi desconcierto. Los aplausos hicieron que mis pasos pasaran de torpes a grotescos. Al verlos, la cara de desesperación de la maestra comenzó a ser más cada vez más evidente. Determinó regresar al conteo de voz cuando los pasos de mi esposa comenzaban a ser como los míos: un ataque a la estética.

Unos pasos pa´lante:

Un, dos, tres, cua.

Otros pasos pa´trás:

Cinco, seis, siete, och.

   La maestra volteó a ver el reloj de pared que anunciaba el fin de mi suplicio. “Queridos: la clase terminó, es hora de pasar al salón principal para hacer el círculo”. Yo entendí: ridículo. El “círculo” era en realidad una coreografía con la que los principiantes y avanzados cerraban la sesión de danza. Preferí aferrarme a la pared ante la imposibilidad de atravesarla. Mi cara de susto debió ser motivo suficiente para no ser tomado en cuenta.

Sobra decir que no asistí a la segunda clase. Pretextando un problema de “arritmia”: me disculpé. En próximos eventos sociales, o cuando “me lleven al baile” y la música invite a las parejas a zarandearse en la pista, llevaré preparados nuevos e ingeniosos pretextos para permanecer sentado y admiraré sus evoluciones desde lejos o, en el probable caso de que todo esto falle: seré cuidadoso de que mi esposa admita mi “arritmia” sin poner “cara”, es decir, sin exhibir su falta de actitud.

Un comentario en “Arritmia”

  1. Querido amigo, comienzo este domingo leyendo su relato con una “sonrisa”; no pude evitar imaginármelo durante su clase de salsa, el gozo podría ser aún mayor si pudiera verlo en vivo “intentando” dar uno que otro paso al ritmo de salsa.
    Hay algunas cosas en las que nos parecemos: tampoco se me da la bailada y la pena por no bailar como se debe, también la tengo superada. En lo que no nos parecemos es en que yo, a diferencia de usted, sigo poniendo los puntos y comas en donde Dios me da a entender…
    Un abrazo querido Amigo.

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