Roni

Se cuela un aire helado por la ventana de mis recuerdos, me pica en la nariz y en los ojos por la partida de un amor sin condiciones, a prueba de todo, siempre alegre, compañía de todos los días. Me dolió y me sigue doliendo tu muerte, querido Roni.

Mi querido perro, mi querido amigo.

En el rancho de mis abuelos, siempre hubo perros; en la casa de mis padres, también. En mi etapa de casado hubo que esperar a que los hijos crecieran para comprar una mascota. Llegada la hora de escoger, mis hijos y yo hicimos un estudio minucioso en cuanto al tamaño, el largo del pelaje, los varios temperamentos y los consejos de los profesionales.

Todo falló: escogimos una raza que no le deseo ni a mi peor enemigo: un beagle. Desde que llegó a la casa siendo un pequeño monstruo, ya daba señales de su desquiciamiento. Mis hijos le llamaron Monti. Muchas mascotas memorables mordieron mis zapatos, dejaron destrozos, recuerdos aromáticos y sustos cuando decidían darse a la fuga, pero el extremo de la desesperación fue causado por el loco Monti.

En un intento por darle una educación que nos permitiese una convivencia familiar sin sobresaltos, acudimos con el instructor. Sus calificaciones al final del oneroso curso de tres meses mostraban un denigrante: Reprobado.

Enternecido con nuestra decepción, el instructor nos sugirió adoptar a un buen perro que tenía a disposición. Se trataba de un cachorro de unos dos años de edad de la raza labrador, en color miel. Sus características no cumplían con los estándares de la raza: sus patas eran un poco más largas de lo aceptado. Pero las maravillas con las que el instructor se expresó de él, nos convencieron.

Y así fue como llegaste a nuestras vidas. Tan inteligente, que eras casi un niño y un hermano más de mis hijos. Fuiste una gran compañía por un poco más de diez años y testigo de la última fuga del incorregible Monti.

Tu presencia coincidió con una época en que yo más la necesitaba. En esas caminatas al final del día, escuchabas con paciencia mis quejas, mis corajes. Siempre solidario con mi mal humor y cómplice también de mis alegrías. Con tu pata saludándome, dabas a entender que me querías por quien realmente era yo y no por algún interés. Por la simple razón de existir.

La alegría de tu cola indicaba que todo tendría solución, que el momento presente era el más importante. Que la felicidad para ti era algo tan simple como olisquear postes.

Fuiste ejemplo de obediencia pero más de aceptación: de tu casa, en donde se colaba el aire invernal de la madrugada; de las mismas croquetas nuestras de cada día. Era más fácil que mi brazo doliera, a que tú te cansaras de ir por la pelota. O de nadar en la laguna para recuperar el palito o la botella de plástico flotante. De soportar la broma de un lanzamiento en falso, sin reclamar.

Las caminatas resultaron en trote y en carreras. Primero de cien metros y con ganas de vomitar. Después, de diez kilómetros y ya sin tantas ganas. Tus patas sobre el pavimento caliente, sin quejas, me inspiraron a no renunciar a media competencia. Cuando te hiciste viejo, no desertaste nunca, a pesar de que cada día te costaba más superar las distancias que eran nuestro orgullo. El esfuerzo te dejaba tirado en la terraza para el resto del día. Mis hijos lo percibieron y supongo que para no herirme con la realidad que se avecinaba, adoptaron otra perrita de raza Husky para que, con su presencia, llenara ese vacío que se anunciaba inminente. La sorpresa fue mayúscula cuando, meses después, nos enteramos de que la perra, que ya  venía con el nombre de Aria, venía también cargada con muchas mañas y con seis cachorros, seis, en su panza. De padre desconocido y apariencia sospechosa de Rottweiler, sus crías fueron adoptadas por ti, Roni, como si fueran tuyas, y soportaste con estoicismo que te mordieran orejas y cola.

Regalamos cinco y adoptamos a la que consideramos la más feíta, para evitarle penosos momentos de discriminación. Por su cara de foca se ganó ese nombre. La decisión de conservar a la Foquita fue la más acertada, se podría decir que asimiló muchas de las características tuyas y no las de su madre, muy inteligente, pero a decir de la familia y amigos: entre lángara y bizbirinda. De lo que doy fe, por ser víctima.

Mis emociones registran una señal importante el día de tu muerte, querido Roni. La tarde de nuestro último paseo. El recuerdo de tres meses atrás, cuando el veterinario sentenció: “No hay nada más que hacer, el cáncer está en una etapa muy avanzada”.

Me quise aferrar a un milagro. Me negué a dormirte. Pero con tu sufrimiento me enviaste la señal y mi egoísmo fue vencido.

Vendrían por ti a las 12. Era la hora de la inyección letal. Era la hora en que digerías con dificultad tu última hamburguesa. Sentados en el piso, te fuiste durmiendo poco a poquito sobre mis piernas, tranquilo, sin adioses dramáticos. Mis lágrimas mojaron tu cabeza y nuestro último adiós. Abatido yo y extinto tú, te llevaron a cremar.

Una cajita de cartón con tus cenizas, tu collar y la medalla con tu nombre no es todo lo que tengo de ti. Tus lecciones y tu alegría por vivir son mi mejor recuerdo.

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