El ancla del abuelo

Se puede considerar que su gusto por las antigüedades llegó a ser su enemigo: amenaza de su presupuesto, de los espacios libres en su casa y de la sana convivencia con su esposa. Encontraba en esos objetos viejos un encanto particular. Muebles, cacharros, cofres y artefactos le hablaban de tiempos idos, lo transportaban a sucesos en donde imaginaba a personas desconocidas que convivieron con ellos y los usaron hace más de cien años.

Esa estufa de leña que su amigo anticuario le consiguió bajo encargo y que, a decir de su esposa, ahora estorbaba en la terraza, calentó algún día las manos congeladas y el café de sus propietarios, perdidos en medio de la nada, en un rancho de la sierra de Chihuahua o en los bosques de Michoacán.

Básculas y balanzas que vivieron tiempos de trabajo en algún mercado o jarciería de pueblo, enaltecían el esfuerzo diario de sus propietarios y disimulaban el ceño fruncido de la señora que sospechaba de la exactitud del pesaje. Herramientas oxidadas y aperos de labranza que un día se quedaron colgados en las paredes de las caballerizas acumulando polvo, hoy volvían a ver la luz.

Las visitas a las casas de antigüedades y a los bazares se volvieron parte de su rutina de los domingos. Explorar los mercados de los pueblos cercanos le aportó tesoros y emociones. Le traían recuerdos de su infancia en la casa de sus abuelos. De las travesuras que urdía con la complicidad de los primos y que en más de una ocasión le costó el regaño del abuelo.

Subir al tapanco resultaba todo un reto. Para que la aventura no tuviera consecuencias, era preciso esperar a que los adultos se congregaran en el comedor y, después de los tequilas de rigor, relajaran la vigilancia. Alguien del grupo era el encargado de “echar aguas”, otro más de colarse por la ventana y de abrir por dentro la puerta del desván, lleno de fantásticos tesoros.

Sillas de montar rotas, espuelas, herramientas y utensilios agrícolas de los que el grupo poca o nula idea tenía de para qué servirían, pero que, en sus manos, se convertían en armas espléndidas o en complejos instrumentos del laboratorio de sus ilusiones.  Viejas maletas que guardaban ropas extrañas con su característico olor les provocaban miedo por haber pertenecido a personas hoy muertas.

Esas emociones fueron las que en su edad adulta le hicieron acumular baratijas. Una de sus primeras adquisiciones, por la que no pagó con dinero, pero sí con miedo y muchos remordimientos, la consiguió en una de esas expediciones al tapanco.

Caminando muy despacio para no hacer ruido, para no levantar polvo o inquietar a ratones y murciélagos, encontró un objeto que llamó su atención: de hierro forjado y con cuatro picos, reunía todas las características de un ancla.

Le pareció un objeto maravilloso. Su instinto cazador pudo más que su honradez y la sustrajo con cautela. El ancla viajó escondida en la cajuela del auto de su padre y, al llegar a casa, la colocó en su recámara. Ese objeto lo acompañó en su niñez, juventud y en su vida adulta y de casado.

Al contemplarla, imaginaba al abuelo, timón en mano, navegando altivo las aguas de la laguna cercana al rancho. En una embarcación con grandes velas blancas hinchadas al viento. Y en cubierta, un cubo de madera conteniendo magníficas truchas pescadas por él.

Esa romántica imagen llenó sus sueños por años. Le aportaba seguridad, lo hacía sentirse orgulloso de pertenecer a una estirpe de valientes navegantes. En momentos de dificultad, recurría a ese objeto, lo tocaba y, una vez cargado de poder, se sentía invulnerable, capaz de afrontar cualquier reto, por difícil que este pareciera.

Muchos años después, en la visita que un tío le hiciera, decidió que, en vista de que el abuelo había muerto veinte años atrás, su delito había prescrito y que era buen momento para hacer su confesión y librarse de la culpa que había cargado.

El tesoro de sus arrepentimientos se encontraba en un lugar de honor del librero, acomodada junto a su colección de barcos a escala que, supuso, le darían al objeto el linaje marítimo que merecía. La bajó con sumo cuidado y la llevó ante su tío. Confesó su delito con vergüenza, pero con dignidad. Enumeró las ocasiones en que los remordimientos le hicieron arrepentirse del robo de esa preciada ancla.

Su anciano tío contestó con calma, sin saber que con su respuesta un cúmulo de años de orgullo naval caerían por la borda.

—Eso no es un ancla. Es el gancho que usábamos para sacar las cubetas que se caían al pozo.

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