Suéter negro

Fue en medio de la reunión, entre cafecitos, cervezas y carajillos, cuando la inquieta Vicky lanzó uno de sus gustados retos intelectuales. Le encantaba provocar con esos desafíos que mueven conciencias, que levantan polvareda.

¿Por qué se casa la gente? ¿Qué extraña chispa divina les hace tomar esa determinación? Fueron preguntas que lanzó al aire, sin aparente destinatario.

Ya de camino a casa, uno de los afortunados portadores del nuevo reto comenzó a desempolvar recuerdos y a abrir los cajones más sensibles de su pasado. ¿Qué cómo fue? ¿Cómo comenzó la historia de amor de su matrimonio que ya rebasaba los treinta años? Lo recordaba bien: tendría unos veinte años de edad y la ilusión de poseer un suéter negro, como de personaje de película, de algún infeliz actor que se paseaba con tanta seguridad en sí mismo, que le provocaba una envidia inconfesable cuando conquistaba a las muchachas, materia que él reprobaba con lamentables calificaciones.

Ahorró hasta completar la cantidad suficiente para hacer su compra en los Almacenes El Paje, la tienda de ropa de mayor prestigio en su pueblo. El modelo disponible: Aldo. La marca: Puritan.

Con su compra en mano y haciendo planes de conquista, esperó su turno para cruzar la calle. Un auto se detuvo frente a él, impidiéndole el paso. El cristal de la ventanilla comenzó a bajar y asomó la cara de la traviesa Paulina, amiga querida y más popular entre la tropa que la Adelita. Su alegría era indispensable en todas las fiestas.

­­­—¡Oye! ¡Una amiga quiere conocerte! —le gritó.

Ella estacionó el auto en doble fila y le hizo señas para que se acercara. Mientras él lo hacía, su sorprendido cerebro acomodaba conjeturas: “En verdad que este suéter es mágico, todavía no me lo pongo y ya está surtiendo efecto”.

El lugar y la hora del encuentro quedaron pactados, sería en el atrio de la iglesia, a la salida de misa, la tarde del sábado.

Al parecer, el suéter que estrenó ese día ayudó en algo. El noviazgo que comenzó aquella tarde, duró casi cinco años. Los primeros correspondieron a sus épocas estudiantiles. Más tarde, y ya en su trabajo como agente de ventas, él se veía obligado a ausentarse un par de semanas al mes. La distancia hizo, tal vez, que el periodo de enamoramiento fuese más prolongado, porque al no poder estar juntos, la rabia y la impotencia componían un coctel de amor reprimido. Cualquier aroma les hacía recordar sus respectivas presencias. Al abrazar la almohada en sus noches de soledad, se abrazaban.

Se hizo costumbre una breve llamada telefónica todas las noches. Con todos sus átomos, con todas sus células se enviaban señales, deseaban tener alas para remontar cualquier distancia y estar juntos. Compartían la vista de la luna, que era la única posesión en común al estar separados por más de mil kilómetros. Ese gran amor que les nublaba la razón fue el fundamento para jurarlo ante el altar y ante el juez.

Los cajones del recuerdo habían quedado abiertos. Muchas memorias desbordantes atascaron el mecanismo e impidieron volver a cerrarlos. Se hizo obligado un recuento de cada nostalgia.

¿Qué fue de aquel amor romántico? El tiempo, La rutina, los proyectos en pareja, los hijos, los problemas comunes y cientos de factores más lo convirtieron en complicidad, en respeto, en conformidad. Aprendieron cuándo era mejor callar y esperar, supieron adivinar el humor en pequeñas señales imperceptibles para los demás.

Una simple mirada es suficiente para informarse: “Mañana pasa el camión de la basura, no se te olvide sacarla”. Un pase de torería magistral significa: “No estés ahí sentadote y ayúdame a doblar las sábanas”.

Llegaron a dominar las expresiones que implican modificaciones severas al presupuesto de egresos: “Qué ganas tengo de ir a la playa” Pasos cansados que se dirigen al refrigerador son un aviso también: “Vengo hambriento y de malas, ahorita ni me hables”. Ojos encendidos que avisan: “Ya llevas tres tequilas”.

Los perfumes del amor que ayudaron a la conquista, hoy se confunden con las pomadas para el dolor, con las cremas para la cara, con el aroma de la olla que avisa que es tiempo de reunirse en la cocina. El sexo ansioso y desenfrenado ahora es un abrazo que se rompe hasta que el ronquido los separa.

¿Mejor amor que el que se tenían en sus primeros años? Es probable. Es diferente, es amor consolidado, pausado, es seguridad de que estarán juntos por años.

Roperos, clósets y vestidores han guardado varios suéteres negros. El de hoy ya no resalta un delgado cuerpo juvenil. Hoy es más holgado, pero más cómodo, más cálido, más abrazable

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