Noveno piso

Al cumplir los tres meses de vida, el pequeño bebé no podía presumir de fortaleza ni de tener signos vitales esperanzadores. Lo lejano del rancho en donde nació y las precarias instalaciones sanitarias en los años treinta del siglo pasado, no fueron de gran ayuda. Todos los brebajes y remedios al alcance, acudieron en manos de las vecinas para ser probados por la angustiada madre, incluso, en el extremo de su preocupación y por recomendación de su comadre, aceptó tomar pulque a efecto de darle cuerpo a la leche. Fue inútil todo intento: el niño no tenía fuerza para cumplir con el santo ritual de ser amamantado por una madre en la aflicción y en la embriaguez. La institución médica de más alto rango en aquellos rumbos era la partera. Aunque su diagnóstico inicial fue que el niño había “topado aire”, esta vez fue contundente:

—Consíganle un ramo de rosas blancas a este niño, de esta noche no pasa.

Ensillaron los caballos y prepararon la carreta para emprender el viaje al pueblo. Si el niño iba a morir, que al menos se fuera bautizado. Así, podría llegar al cielo sin mayores trámites ni esperas eternas para convertirse en un angelito más. 

Postergaron ese viaje muchas veces en los últimos dos meses, con la esperanza de que la fragilidad del niño se los permitiera. La marcha transcurrió en silencio, sólo los cascos de los caballos contra las piedras y el rechinar de la carreta rompían el silencio del camino viejo. A la cabeza del grupo iba el padre, montado con gallardía sobre su yegua alazana. Era respetado y era temido. Para no contrariarlo, las mujeres de la casa corrían a acallar cualquier conato de berrinche perpetrado por alguno de sus otros diez hijos. Pero, esa tarde, uno de los ruidos del camino que él y todos deseaban escuchar, pidiéndole a Dios y a sus santos de confianza, era un llanto de bebé, alguna señal de vida.

Llegaron por fin al pueblo antes de que el sol se escondiera tras las nopaleras. Esperaron a la salida de la misa de siete. El padre Tomasito salió al atrio y al ver la imagen de la familia y de esa madre cargando al pequeño bebé, su reacción inmediata fue de reclamo.

—Ese niño tiene tres meses de nacido, hijos míos, ¿por qué hasta ahora me lo traen a bautizar?

Después de escuchar las razones de la tardanza, su actitud cambió. Se disculpó con todos y procedió de inmediato al sacramento bautismal. No pudo evitar que la voz le fallara en el momento de la bendición. Las despedidas contaron con nudos en la garganta y ojos humedecidos.

En silencio llegaron y en silencio regresaron al rancho. El niño que no pasaría la noche, la pasó, y pasó otras muchas noches. De acuerdo a la deliberación de las vecinas, se salvó por el efecto de las santas aguas y gracias a los buenos oficios del padre Tomasito, a quien desde ese día se le consideró como candidato a la santidad.

Muchas noches más sobrevivió el niño, para ser precisos, está por cumplir las 32,850 que equivalen a noventa años. Los celebrará agradecido. A Dios, por darle la oportunidad de estar aquí y al padre Tomasito por su intercesión. Sabe que en las alturas del “noveno piso” cada minuto cuenta, que cada respiración se valora. Que cada despertar agrede con un inventario de los dolores coleccionados. La odisea de ir al baño y no caer en el intento se festeja con suspiros de alivio.

Tiene un poco de miedo de su fiesta, pero para el magno evento tiene grandes planes: primero que nada, bajará a la sala desde una media hora antes para que sus nietos no vean el trabajo que le cuesta bajar la escalera. Su odiado aparato de audición ya fue revisado, tiene pilas suficientes. Aunque no lo soporta, tampoco quiere aguantar los reclamos de sus hijos. En las últimas reuniones, ha interrumpido conversaciones más allá de lo tolerable.

Pondrá especial cuidado en no esparcir las migajas alrededor de su plato, en su camisa, en la silla y en la alfombra. Sufrió un gran bochorno la última vez que alguien, escoba en mano, dijo:

—¡Aquí parece que comieron pollos!

Derramar su vaso de agua de limón es otro de sus temores. ¡Cuánto disfrutaría de un buen vaso de cuba libre o de un tequila con limón y sal como en aquellos felices años de sus imprudencias! Pero ni pensar en cometer el pecado, la consecuencia ahora podría ser fatal y el padre Tomasito ya no estará ahí para auxiliarlo.

Tenía preparada una frase para la ocasión: “Hay que envejecer con dignidad” pero le pareció más convincente la versión de Joaquín Sabina: “Es más divertido envejecer con indignidad”.

2 comentarios en “Noveno piso”

  1. ¡Qué buen relato querido amigo escritor! Déjeme decirle que estoy de acuerdo con lo que señala Sabina; mejor que sea con indignidad.. y a todo esto… ¿con qué nombre habrá bautizado el Padre Tomasito al niño? Digo, por pura curiosidad…

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