La credencial del Héctor

Formados en la fila, esperaban su turno para tramitar la credencial de elector, el Héctor y el abuelo. Delante de ellos, diez personas esperaban también para ingresar a la oficina del Instituto Nacional Electoral. El abuelo ya aburría a la familia, advirtiendo que tal vez esta sería su última votación. Para su nieto Héctor, que hoy lo acompañaba, sería su primera vez.

O tal vez no: en realidad, lo que menos importaba al muchacho era participar en un proceso que, para él, era una pérdida de tiempo. Cansado de escuchar la metralla de promesas políticas imposibles de cumplir y de campañas mediocres, su única intención era la de conseguir la anhelada credencial que lo confirmaría como persona mayor, en su acceso a los antros de moda.

El abuelo, por su parte, hacía muchos años que ya no tenía la necesidad de demostrar su evidente edad, que en ese momento fue salvoconducto para que una señorita muy amable, de chaleco oficial en rosa mexicano, lo invitara a abandonar la fila y le diera preferencia de atención.

Una vez capturada su foto, impresas sus huellas y hecha la invitación para recoger la nueva credencial en una semana más, el proceso casi concluyó, porque, antes de abandonar el lugar, la misma señorita le pidió esperar. Al parecer, había un error. Tanto en la credencial vencida, como en la nueva, la foto era similar. Los funcionarios, desconcertados, descubrieron la falla.

La camisa que lucía el abuelo era igual a la que usó para la foto de la anterior credencial, tramitada hacía un lustro. El abuelo escuchó risitas nerviosas y, entre abochornado y divertido, explicó:

—Puedo aclararlo: sucede que soy miembro del partido conservador, pero conservador de camisas. Me duran mucho tiempo.

Ya en el auto de regreso a casa, el nieto, para que el abuelo, que ya comenzaba a cabecear, no le contagiara su sueño, inició la conversación:

—Oye, abuelo: ¿De cuando acá me saliste tan político? Nunca te he escuchado dar tus opiniones, ni tomar posturas en contra o a favor. ¿Por qué, entonces, te emociona tanto renovar tu credencial?

—Qué buen observador eres, muchacho. Es cierto que, con amigos y compadres, prefiero ya no tocar esos temas. Cada quién tiene sus ideas y yo, la verdad, estoy cansado de convencer a gente tonta o necia, y no quiero quedarme sin los pocos amigos que la muerte me está quitando.

—¿Y por quién vas a votar, abuelo?

—Voy a votar por ti.

—¿Por mí? Yo no soy candidato a nada, ni lo sería nunca, ni loco que estuviera.

—Voy a votar por ti, por tus hijos y por tus nietos. Y lo voy a hacer, para que el día de mañana tengan una excelente educación y, al terminar, encuentren un buen trabajo y lo hagan con seguridad, con salud, con alegría, con orgullo de pertenecer a su país, y, sobre todo, para que no me reclamen: ¿En dónde estaba el abuelo el día de las votaciones? ¿Borracho y viendo el futbol? De haber salido a votar ese día, no estaríamos sufriendo hoy, las consecuencias de la ineptocracia, sin contrapesos que detengan su negligencia y su irresponsabilidad. Sin poderes e instituciones legítimas que se opongan a cualquier tentativa autoritaria.

—Está bien, está bien, abue, ya te entendí, pero no es para que te pongas así.

—¡Oye! Es que me da coraje que, por culpa del desinterés de la gente, los políticos se aprovechen y compren los votos del pueblo más necesitado y más ignorante. Que los mantengan siempre como su clientela, sin la oportunidad de crecer. Hay que salir a votar, muchacho. ¿Por quién? Por el que tú creas que cumplirá con honradez y que será un buen administrador del dinero que es de nosotros, del pueblo.

—Pero, la verdad, abuelo, todos son muy malos, ni a cuál irle.

—En este momento, lo importante es votar por los malos, para que los peores no acaben con todo, mientras llegan los buenos.

Para que se te quite lo apático, te voy a leer esta frase que me llegó al grupo de los viejitos. Escucha con atención: la dijo el filósofo Epicteto hace más de dos mil años, y todavía no hemos podido aprender:

“El hombre sabio no debe abstenerse de participar en el gobierno del Estado, pues es un delito renunciar a ser útil a los necesitados y una cobardía ceder el paso a los indignos”.

Por lo que más quieras, por tu familia: sal a votar.

2 comentarios en “La credencial del Héctor”

  1. Querido escritor, no podía usted escribir un relato más actual, responsable e importante.

    Votamos no solo de forma individual, sino para todos los que conforman la sociedad, nuestra familia, nuestros hijos y quizás hasta para nuestros nietos.

    Gracias por aportar tu “granito de arena”. La literatura también crea conciencia en nuestras mentes y hoy, tú lo haces a través de tu relato. Si, salgamos a votar.

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    1. Para este relato se utilizaron ingredientes frescos, si bien, no es agradable al paladar, si que es nutritivo para la nación.
      A mucha gente le cuesta trabajo ir a votar, si supieran que con la abstención a los únicos que dañan es a sus hijos, tal vez lo harían felices de participar.
      Gracias nuevamente por distraer tus importantes lecturas para leer estas humildes líneas.

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