En el mar la vida es azarosa

Las doce velitas del pastel fueron apagadas, el betún embarrado y el regaño aplicado. Los juegos infantiles y el griterío invadieron la casa. Casi al final llegó, caminando de ladito, el tío que olvidó la fecha onomástica. Con las manos vacías de regalos, se sostenía del mobiliario. Su rubor combinaba con el rojo de su nariz. Obtuvo este color en otra fiesta, no tan infantil, en donde ingentes cantidades de alcohol fueron difuntas. En su bochorno, trató de compensar su olvido con un ofrecimiento espléndido:

—A ver, chaval, ¿qué quieres que te regale? Pide lo que sea.

El festejado buscó la mirada de su madre que, sin necesidad de palabras, lo expresaba todo:

Cuidado con lo que pides, recuerda que, a tu tío, cuando se le pasan las copas, promete todo y al día siguiente se le olvida.

—Ánimo, chaval, no lo pienses tanto. ¿Cuál es tu deseo?

Entre la mirada de su madre, la oferta del tío y las presiones de los invitados para desvelar su respuesta, el niño acertó a decir con voz casi inaudible:

—Mi deseo es… conocer el mar.

—¿Conocer queeé?

—El mar.

     Los invitados guardaron un asombrado silencio, los padres intercambiaron miradas avergonzadas.

—¿Cómo es posible? ¿No conoces el mar?  

— No tío, no conozco el mar.

En ese momento, al niño le pareció que las nubes se abrían, para dar paso al rayo de luz que iluminó su beatífica sonrisa, escuchó la voz del Altísimo (aunque su tío era más bien chaparrito) que proclamaba como un trueno:

—¡Preparaos! Que mañana, antes de que salga el sol, estaréis conmigo en el reino de las acamayas y las guacamayas.

En su euforia marina, el tío se permitió invitar a dos hermanitos del homenajeado, que tampoco conocían el mar.

La madrugada siguiente, el sol iluminó la habitación de los niños que, sobra decirlo, ya tenían listas sus maletas conteniendo: traje de baño, toalla, peine, cepillo, pasta de dientes y ropas adecuadas a los climas tropicales.

El sol también se coló por la ventana del tío, quien, es de suponer, sobrevivía a los abusos del día anterior, abrazado al excusado y sosteniéndose del lavabo, el cual admitía un vaso con agua mineral burbujeante y una pastilla efervescente que, salida de una cajita azul, advertía: Alivio contra el malestar estomacal ocasionado por comer o beber en exceso.

Los pronósticos de la madre se hacían realidad: el tío no aparecía por ningún lado y las ilusiones de los niños por conocer el mar quedaban postergadas.

Esa tarde, casi noche, apareció el interfecto abanicándose con cuatro boletos de los Autobuses de Oriente, con destino a Tecolutla, Veracruz (los de Acapulco costaban el doble).

Acomodados en sus asientos, los niños vieron pasar el paisaje boscoso al cabo de horas de curvas y curvas. Cuando, por la madrugada, el panorama comenzó a tornarse tropical, el pastel de la fiesta, aún en proceso de digestión, fue expulsado por los efectos del mareo y ayudado por el vaivén: paseaba por debajo de los asientos.

El sentido del oído despertó primero. Cuando el sol salía por el horizonte y ellos por la puerta del autobús, fueron cautivados por el ruido de las olas y los graznidos de las gaviotas.

Menos suerte tuvo el sentido del tacto. Los cuerpos sudorosos, manos y ropas pegajosas, arena ardiente bajo sus pies, fueron sensaciones desagradables.

El olfato también se quejó: acalorados, jadeaban cual perros correteados. Para documentar su asco, inhalaban el olor a pescado que saturaba el ambiente.

La vista, a falta de gafas oscuras, quedó encandilada ante los reflejos del sol sobre la arena.

El sentido del gusto, que, en el altiplano, solo paladeaba pescado los viernes de cuaresma, aplicó la prudencia, para evitar que una espina se alojase en la garganta.

El rechazo de los sentidos provocó el mal humor del homenajeado; sus hermanos, más tolerantes, disfrutaron las nuevas circunstancias climáticas, a pesar de ser revolcados una y otra vez por las olas.

Al regreso: quemaduras en la piel, picaduras de insectos, incomodidades sensoriales varias y decepción, le convencieron de que la playa tropical no era lugar para él.

Ya en la edad adulta, sostenía un desacuerdo con la publicidad que, con su bombardeo diario, le dictaba que la playa es un paraíso lleno de experiencias imposibles de perder.

Familia y amigos colaboraron por años para alimentar este supuesto publicitario. Por darles gusto, los acompañó cada verano a procurarse unas anheladas vacaciones, aunque siempre regresaba quemado, hinchado y jurando no volver a ir.  

Un comentario en “En el mar la vida es azarosa”

  1. Gracias querido escritor, una vez más me he deleitado leyendo sus relatos; siempre tan reales, cotidianos y divertidos. Estoy de acuerdo en la opinión que ese chaval conserva hasta el día de hoy. “En el mar la vida es azarosa”; la playa no siempre es un paraíso; aunque siempre es importante aprender a cultivar la ilusión de que sí lo es… Un abrazo compañero.

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