Acoso sistemático

Cuando nació el niño, vecinas y comadres procedieron a la inspección de rigor y depositaron sus regalitos sobre la atestada mesa del comedor, con sutileza, a manera de que el suyo destacara de los demás.

      Al asomarse a la cuna, su expresión de asombro era unánime. Algunas lo externaban con emoción y otras con reservas, evidencia de una rivalidad inconfesable. El bebé, agradecido, trataba de responderles, pero solo podía hacerlo en sus pensamientos: Gracias, señoras, tienen ustedes toda la razón, soy hermoso. Les agradecería que no pellizcaran mis cachetes.

     “Se parece al papá”. “Pero si es igualito a ti, comadrita”, y otras veinte expresiones usuales en estos casos, se escucharon en la alegre recepción, entre galletitas de mantequilla, tazas de café y servilletas almidonadas. 

     Era tan bonito el niño y tan grande el orgullo de sus padres, que representó un verdadero conflicto escoger un nombre a la altura de su perfecto primogénito. No es necesaria su preocupación, queridos padres, cualquier nombre aceptado en el Olimpo, será adecuado a mi encanto.

     Víctimas de críticas, consejos, advertencias y hasta burlas, obstinados, se sostuvieron en su decisión. En la pila del bautismo, al párroco se le pusieron de punta los últimos pelos de su venerable copete, cuando escuchó el nombre que los padres habían decidido poner al niño:

Así es, señor cura, no ponga esa cara, mi nombre será: Aquelindo, ¿Qué hay de raro en eso?

     Seguro de sí mismo, gracias al enorme amor del que siempre fue rodeado, los primeros años de Aquelindo fueron espléndidos. Al pasearlo en su carriola por el parque, la gente que se asomaba, quedaba impactada ante la belleza de la criatura. Sin salir del impacto, se retiraban con disimulo, al conocer su nombre.

Conserven la calma, distinguidas señoras, entiendo su emoción, pero les suplicaría que no apretaran tanto mis lindos cachetes.

     Se conducía por los pasillos del jardín de niños, indiferente a los mordaces comentarios de las maestras. ¿Acaso les perturba mi nombre?, estimadas educadoras. Cuando sus compañeritos estrenaron el uso de la razón y acometieron sus primeros intentos de acosos físicos y psicológicos, su carencia de empatía fue dirigida hacía Aquelindo, quien no contestó a sus provocaciones y guardó para sus adentros lo que él supuso sería el motivo de los ataques: De verdad amiguitos: si les causa envidia mi pan tostado con mermelada de guanábana, no tengo problema en compartirlo con ustedes.

     Hostigamiento, intimidación, manipulación, fue lo que embarraron en el pan tostado de cada día, en su educación primaria. Su personalidad sumisa, su aversión a la violencia y sus inseguridades, producto de su apego desmedido a la familia, lo hacían presa fácil de sus torturadores, quienes, en su mayoría, proyectaban el maltrato recibido en sus casas. En forma sistemática, lo excluían con cruel indiferencia. La verdad es que el fútbol no es mi deporte favorito, no se preocupen, si ya no hay lugar en el equipo, aquí me quedo, platicando con las niñas.

    Llegada la adolescencia, el acoso escolar cambió de nombre, pero no de perversión. Sus padres, más modernos y bilingües, le llamaron; bullying. En las redes sociales, encontraron que también era víctima del ciberacoso. Los directivos de la escuela, poco preparados para lidiar con el problema, se dieron a la tarea de estudiarlo y resolverlo.

     Caballeroso, Aquelindo jamás permitió que las jovencitas que suspiraban por él vieran rotas sus ilusiones; él tenía tiempo y corazón para todas y por si acaso, siempre tenía los zapatos tenis calzados, para salir corriendo. Dejad que las niñas vengan a mí.

    Gracias a sus estudios en las academias de actuación, en donde fue inscrito a petición de los cazadores de talento, venció su timidez y logró obtener los principales papeles como galán de telenovelas. Los directores siempre abusaron de su bondad. Ya entrado en años, interpretaba papeles de enamorado otoñal y aún cosechaba suspiros, pero también envidias.

     Los amigos le rehuían: sin proponérselo, les hurtaba a las novias. Ellas lo terminaban después de una breve relación, atormentadas por los celos. Los familiares, hartos de escándalos, lo negaban.

     En la última mesa de la cafetería, siempre solitario, tomaba su desayuno dietético, mientras firmaba eventuales autógrafos a las damas que lo reconocían tras sus gafas negras.

En mi búsqueda de comprensión, encontré abusos y pocas veces amor. He tenido que aceptar cualquier compañía, por mala que sea. Es irónico: todos piensan que soy feliz, sin saber que muchas veces hasta he pensado en el suicidio. Pero, tal vez, la muerte sea más mierda que esta vida.

2 comentarios en “Acoso sistemático”

  1. Querido escritor; ha dejado usted muy claro aquella frase que dice: ¡La suerte del feo, el guapo la desea!
    No sé porqué pero también se dice que según la ciencia, las mujeres son más felices con hombres feos. (Obvio no es mi caso, ni el de mi querida amiga Luz Elba 😂)
    Pobre Aquelindo, ¡qué paradoja! …
    Gracias querido escritor; como siempre, me deja usted una sonrisa impresa en mi rostro…

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    1. Querida Ana Laura.
      Se dice que la labor de un escritor es muy solitaria.
      Nunca me sentiré solo al saber que una gran lectora como tú, se toma el tiempo de leerme y además de echarme flores inmerecidas.
      Me acuerdo de otra frase que dicen las bonitas como tú: “La suerte de la fea, a la bonita… le vale madres”

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