Hermano Chileno

El Festival de Viña del Mar que se celebra en Chile, no era, como lo es hoy, solo un festival de música popular. ¡No, señor! en la década de 1960, sus inicios, también ofrecía música folclórica. A los miembros del coro mexicano donde cantaba Abundio, les tocó en suerte, viajar las muchas horas de vuelo necesarias, para llegar a su presentación.

Los hermanos Abundio y Nahúm Álvarez, que ahora pertenecen a los coros celestiales, tenían un gran amor por la música; el primero se dio a la tarea de educar la voz, hasta llegar a cantar en Bellas Artes. El segundo, acompañado por su guitarra, y aquella vez, acompañante de su hermano, cantaba boleros y tangos.

Al llegar allá, fueron hospedados, como era la costumbre, en casas de familias chilenas. Nahúm, invitado por la familia González, conoció a Héctor, el pequeño de ojos azules mejor conocido como Tito, que, en adelante, será el poeta invitado de nuestro relato.

Aquel muchacho no imaginaba la gran amistad que trabaría con el mexicano. Recorrieron Santiago, Viña, Valparaíso, Isla Negra, Quilpué. Pasearon por las calles de una patria que recibe a los mexicanos con aprecio y hasta devoción.

El festival terminó y el buen Nahúm regresó rico en aventuras, pero, sobre todo, millonario por la amistad de ese muchacho. Experto en quitarse hasta la camisa por los amigos, lo invitó a vivir en su casa, como uno más de sus hijos, y hacer realidad su sueño de estudiar en México.

En el país de la enchilada, años después, Graciela, esposa de Nahúm, recibió del cartero un sobre, con timbres postales muy diferentes a los que se veían cada día en la correspondencia de la calle de Echávarri norte.

En la carta incluida, Tito contaba los pormenores de su arribo al pueblo, para convertirse en un miembro más de la familia. Todos los domingos, Nahúm y Chela lo despedían al pie del autobús que lo llevaría a la Ciudad de México, no sin antes darle: cantimplora con limonada, tortas de “La Luz Roja”, sus favoritas, bendición, toda clase de recomendaciones y una solicitud al chofer, para que cuidase de su “pequeño” universitario.

Debidamente inscrito en donde habla el espíritu por la raza, cada semana, después del estudio de las ciencias de la política, regresaba al pueblo. A divertirse con las ocurrencias de su ruidosa familia. A alternar novias. En su condición de visitante, seducirlas con su melodioso hablar. Era simpático e irresistible para ellas, amenaza para sus celosos padres y fugitivo de un abuelo armado.

Los sábados, al fútbol llanero, donde se hizo de cierta fama por sus habilidades con el balón, y de otras famas cuando, en el reparto de uniformes, el entrenador le preguntó su medida para los zapatos; inocente, contestó:

 — En Chile, calzo del 9.

Las risas del equipo no se hicieron esperar, no faltó aquel que le gritara:

— ¡A ese chileno pretencioso, yo le presto a mi hermana!


En el México de esos años, como en muchas partes del mundo, corrían los vientos del cambio. Tito, no fue ajeno a esa conciencia crítica. Conoció, gracias a su “sangre ligera”, a muchos personajes políticos de la época. Y siendo poeta, a artistas y pintores, que se contaban entre sus amigos. Conservó, como auténtico tesoro, algunas de sus obras.

Con el alma impregnada de los colores mexicanos, aficionado a los mariachis, al tequila, los mixiotes y los chiles chipotles, el flamante “puma”, regresó a su patria para participar como miembro del gabinete, en el naciente gobierno de Salvador Allende

.
El 11 de septiembre de 1973, Chile se nubló, el humo de la contienda tiznó sus ciudades, un personaje siniestro apareció en escena: Augusto Pinochet. Se adueñó del poder, guardó para sí y para su ejército, el paradero de los hijos de las inconsolables madres chilenas.

En México, al enterarse de las malas nuevas, el angustiado Nahúm solicitó un salvoconducto al mismísimo Secretario de Relaciones Exteriores. La ayuda prometida nunca llegó, los teléfonos estaban intervenidos, los medios no daban noticia alguna de los desaparecidos, solo claves cifradas, verdades a medias.

En su huida como perseguido político, Tito eligió ingresar a la embajada de México. Fue inútil, las puertas estaban estrechamente vigiladas. Escondido en la cajuela de un automóvil con placas diplomáticas, conducido por un sacerdote, entre las humeantes calles de Santiago, logró ingresar en una embajada cercana. Temeroso, abatido, sin fuerzas para soportar el exilio.

Por fin, después de mil intentos fallidos y de una angustiosa espera, la buena nueva llegó:

¡Tito estaba sano y salvo en París!

2 comentarios en “Hermano Chileno”

  1. Querido Amigo
    Vuelvo a recordar con gusto, la historia de su querido Tito.
    Le faltan muchas anécdotas al homenaje escrito a tu querido amigo.
    Las próximas me las reservo con un tinto chileno.
    Un abrazo con cariño
    Guillermo

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    1. Querido amigo
      Buscaremos en el “Casillero del diablo” si hay algo para nosotros, para proceder a exorcizarlo.
      Eres testigo de las visitas del buen amigo Tito y sé que tus recuerdos, como los míos, son los más agradables.
      En un momento más, podrás leer la segunda parte de esta entrañable historia.
      Gracias nuevamente por tomarte el tiempo para leerlas.
      Abrazos.

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