Pasto oficial

Eran las tantas de la madrugada, tiempo del Este. Los banderines multicolores colgaban todavía de poste a poste, los restos de confeti seguían pegados en la fresca pintura color amarillo tráfico. Se percibía, aún, el ambiente festivo de la inauguración de aquella flamante adecuación vial, orgullo de las autoridades municipales, dotada con amplio camellón, padre de todos los camellos de talla extra grande, adornado con florecillas bucólicas y un hermoso pasto recién plantado que, como todos los pastos colocados por autoridades, no es necesario ni regar, ni podar; al menos, eso es lo que ellos suponen.

Ahí pastaba despreocupado, masticando con ritmo cadencioso y cascabelero, aquel lindo borriquillo, digno de una pastorela.

¿Que cómo fue a dar ahí?

Es una pregunta que la ciencia no ha podido explicar, menos aún, el par de patrulleros que se apostaron al lado del asno, haciendo alarde de brutalidad policial.  Aquel grupo juvenil, hacinado en el escarabajo que los repartía a domicilio, atestiguó la escena. La luz del semáforo, así como la idea de abogar por el rocín, los iluminó. En sus torrentes sanguíneos se alojaban grados etílicos ya ingobernables, tanto así que, en una osadía quijotesca, se extasiaron en desfacer, este entuerto cuadrúpedo.

Aparcado al más puro estilo “como caiga”, el auto del pueblo quedó abandonado a su suerte, fue al chofer de la unidad, a quien correspondió tomar la palabra. Primero en tiempo, primero en derecho: cuestionó airada, pero atentamente, a los patrulleros:

—Buenas noches, señores oficiales: ¿serían tan amables en indicarme, cuál es el cargo que se le imputa al detenido?

—¿A quién?

—Al burro en cuestión.

—Pues mire, joven, el animal de su propiedad de usted, se anda comiendo el pasto oficial.

—Se equivoca usted, mi teniente, este equus asinus, no es de mi propiedad, pero eso no obsta, para exigir una amplia explicación del proceder, a todas luces abusivo, de su operativo.

Los patrulleros desconocieron el lenguaje emanado de los breves estudios de jurisprudencia del de la voz, y no por falta de los conocimientos adecuados, sino por el notorio arrastrar de la misma. Su leguleya perorata fue interrumpida por otro de los miembros del grupo, con todavía más embriaguez y menos cálculos de las consecuencias de su proceder, quien terció:

— El burro es mío.

Las miradas del equipo defensor, así como las de las autoridades, se clavaron interrogantes en el declarante. En el uso de la palabra, el presunto propietario quiso saber a cuánto ascendía el monto de lo masticado, con el fin de reparar el daño y proceder a retirarse, extendiendo las más amplias disculpas, en compañía de su jumento, a otros pastos de calidad menos municipal. Su maquiavélico, aunque imberbe plan, del cual los demás se enteraron a destiempo para impedirlo, era el de rescatar al animal, y en un arranque de generosidad, adoptarlo para beneficio del gabinete legal ahí representado. La consecuencia del acto solidario dio un giro inesperado para él, y predecible para todos los demás, incluyendo al burro.

—¿Así que el burro es de usted, joven?

— Afirmativo, oficial, el burro me pertenece.

-—Pues entonces, nos va a tener que acompañar a la delegación.

La maniobra para atar con los cables “pasa corrientes” y subir a la patrulla al burro de cuatro patas y al de dos, que neciamente vociferaba la propiedad del mismo, consumió preciosos minutos. La población, que en ese momento ya conformaba una curiosa “bolita”, se divertía a costa de los patrulleros y del equipo defensor. Serias magulladuras y daños presentaban ya: la unidad policial, el pie de uno de los agentes y las manos de los comedidos ciudadanos. El burro, como era de esperar para un preso de su calaña, se resistió al arresto.

Y en esa noche de frío, de duro cierzo invernal, fueron todos a armar su tango, a barandilla. Desechados por ser notoriamente improcedentes, los argumentos se desoyeron por parte del agente del ministerio público de guardia, quien calificó así al bufete legal: Bola de borrachos.

Al no poder comprobar la propiedad del recluso, quien ahora rumiaba los expedientes judiciales, se procedió a su confinamiento, en espera de un propietario más verosímil del que en ese momento se ostentaba como tal y que, sin mediar permiso alguno, huyó al baño, por repentinos vértigos y urgencias estomacales.

En cuanto al alegre grupo de veinteañeros jurisconsultos, al cual confieso con bochorno mi pertenencia, el ministro en funciones nos conminó amable, pero oficialmente, a proseguir nuestro camino, o bien, a largarnos a seguir la fiesta a otra parte.

2 comentarios en “Pasto oficial”

  1. Qué relato más divertido…. Me vi como parte de la curiosa “bolita”, divirtiéndome a costa de tan especiales patrulleros y tan singular grupo defensor… 🙂

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