Ciudad con encanto

Habitantes del pueblo de Latiguillo, obedeciendo al pie de la letra los consejos de los grandes maestros de la literatura, en cuanto a evitar los lugares comunes, huyeron de ahí. En su búsqueda de una ciudad con magia, algunos encaminaron sus pasos hacia Comala; otros más, hacia Macondo; pero todos se desviaron al ser asaltados por dudas razonables. Caminaron, en toda la extensión de la palabra, por el camino amarillo, plantaron sucesivamente un pie tras el otro, hasta llegar a establecerse en esta encantadora ciudad con alma de pueblo. Y si digo que es encantadora, es porque algunos migrantes llegados aquí, perciben un inexplicable encantamiento.

Mucho antes de que la Unesco y otras autoridades, sacudiendo el ocio, repartieran títulos inmateriales a los Pueblos Mágicos, aquí, el prodigio ya estaba avecindado, sobre todo en las calles del primer cuadro, donde encontrar un lugar para estacionar el automóvil es arte de magia. El nombre de este lugar lo reservaré para el final del relato, por cuestiones literarias, para no herir amores a otros terruños y por extrañas razones que me hacen no poder recordarlo en este momento. No traicionaría a mis principios ni a la prudencia, si les digo que esta es la ciudad más linda del país. Para más señas: duerme al pie de la cuesta, hechizada por atardeceres de color naranja.

Se dice entre las vecinas de las calles aledañas a la plaza principal, que acontece aquí un insólito hechizo que detiene el tiempo. Doña Generosa, por más esfuerzos que hace, habitualmente se retrasa en el pago de la tanda. Asegura, de manera fehaciente, que no es culpa de ella, sino del conjuro citadino. Lupe Acevedo tiene fama de ser informal: continuamente retrasa los pagos a los proveedores de su ferretería. En juicios ordinarios mercantiles a los que ha sido emplazado, intenta hacer valer, sin éxito, este atenuante misterioso.

Los empleados, en apuros mañaneros por llegar puntuales a sus trabajos, ven amenazado su esfuerzo al momento de apearse del camión. En la parada de la Alameda, sienten desesperados que sus pies pesan el doble, sus esfuerzos son inútiles, les es imposible llegar a tiempo. Sus patrones, cansados de escuchar disculpas y argumentos, han decidido demorar cualquier premio a la puntualidad. Una vez en sus puestos de trabajo: meseros, dependientes, bodegueros, secretarias y demás, se ven sujetos a las extrañas fuerzas de la lentitud. Morosos son también los repartidores del gas, del agua, de las pizzas, en fin, hasta en las carreras atléticas se resiente una baja en los promedios de velocidad. Aquellos que ofrecen paseos al turismo por el centro, narrando y actuando en simpáticas caracterizaciones las leyendas urbanas, han querido incorporar esta, que ya tiene tintes de tragicomedia, a su catálogo. Sin embargo, esta fuerza extraña les ha hecho remisos para tomar la decisión. Todos coinciden en que esta costumbre atávica es, a todas luces, involuntaria; que un poder extraño ralentiza sus afanes.

Esta dilación ya afecta también, de manera preocupante, al tráfico de la avenida que pasa por debajo del centenario acueducto. En busca de una solución radical, millonarios esfuerzos se aplicaron para construir un túnel y ampliar la vialidad, comprometiendo en forma peligrosa, la estabilidad del monumento. Fue una tarea formidable que convocó a gobernantes de todo poder, pero a pesar de sus esfuerzos institucionales, el promedio de velocidad, que en el resto de la ciudad es aceptable, al llegar ahí, se entorpece sin remedio. En innumerables ocasiones, se invitó, se exhortó y se obligó a la población a agilizar su paso por el túnel, pero por más patrullas, agentes y operativos aplicados, la cosa no mejoró. La empresa multinacional denominada: Agilizadora de Tráficos Atorados Suburbanos y Compañía, ATASCO por sus siglas, ha concursado para instalar, respaldada por un consejo de hombres de ciencia, un aparato que inyectará energías poderosas al ambiente, basadas en espirales de litios y uranios mejorados. La solución esperada, ansiada, soñada por la población, por extrañas razones, se ha diferido.

La atormentada feligresía ha solicitado al señor obispo la procesión del Santísimo, para exorcizar en forma definitiva la demarcación, pero la autorización de la arquidiócesis primada ha demorado una eternidad.

Este relato entrará en una conveniente pausa. No puedo cumplir aún mi promesa de desvelar el nombre de esta encantadora ciudad. Estoy atorado y desesperado en el tráfico de la avenida, pasando justo por debajo del acueducto; el recuerdo de su nombre está tardando en llegar a mi memoria.

Un comentario en “Ciudad con encanto”

  1. Distinguidísimo escritor, me hubiera gustado escribir mi comentario desde hace rato, pero al leer su relato, me vino una especie de dilación que no puedo explicar. Me parece que, en esa ciudad aún no develada por usted, existe un tipo de enfermedad parecida al COVID que me ha resultado igual que ésta… muy contagiosa.

    Seguiré al pendiente, porque resulta que me quedé con la curiosidad de terminar de conocer el relato completo. Como siempre… felicitaciones.

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