Recuerdos desteñidos

—¿Quiénes son ustedes?

—Somos Tony y Douglas, del Túnel del Tiempo.

Atesoro recuerdos desteñidos de los años setenta, algunos de ellos en blanco y negro. Imágenes de la pantalla del único televisor de la casa, emplazado por supuesto a la vanguardia, en el lugar de honor de la sala.

¿Cuál programa daban primero? ¿Era Bonanza, o era Flipper? ¿Era Lassie, o Los Locos Addams

Reconstruyo en mi mente aquel ciclópeo pasadizo, de proporciones monumentales, con rayas concéntricas blancas y negras, que suponía la entrada a la máquina que transportaría a la humanidad al pasado o al futuro.

Era: El Túnel del Tiempo, que por fatalidades del destino, o por la llegada tardía del presupuesto, o por la cancelación de algún turbio fideicomiso gubernamental, se dio el caso, de que la fabulosa máquina, con todo y la pena, les falló.

Esta lamentable pifia traía rebotando a un pobre par de hombres de ciencia, de aventura en aventura, aterrizando y rodando groseramente, en los polvos de la línea del tiempo, y a nosotros los espectadores: “con el Jesús en la boca”.

Las generaciones de hoy difícilmente soportarían más de cinco minutos de tal argumento, pero a mí y a mis contemporáneos, favorecidos por la sencillez y la ilusión, nos parecían de lo más verosímiles. Estos episodios y los demás de la barra vespertina, eran incorporados a nuestros juegos. Adoptábamos, alucinados, los roles de nuestros admirados personajes.

Producto de mi insomnio de anoche, carburante de mis ideas más febriles, no pude dejar de imaginar qué haría yo, de tener el privilegio de revivir algunos eventos pertenecientes a la línea del tiempo de mis primeros veinticinco años. He aquí mi lista de deseos, por si se presentase la afortunada eventualidad:

Año de 1963

Regresaría feliz al año en que nací, al niño que fui. Envuelto aunque fuera por un breve momento en la tibieza de los estambres, de la toquilla que tejió mi madre. A esa sensación agradable de ir a la deriva, de oler su perfume, de saberse protegido, amado, totalmente ajeno a preocupaciones. Abandonado a un sueño apacible, escuchar una canción de cuna, llevando el ritmo de un arrullo suave. 

Año de 1967

Cuánto daría por absorber aquel olor a juguetes nuevos bajo el arbolito de navidad. Sentir la percusión incontrolable del corazón, las manos temblorosas al romper las envolturas. Las horas interminables de juego en los días siguientes. A comer chocolates sin culpa, el pan de dulce, los caramelos que caían de las piñatas, a tomar un gran sorbo de refresco azucarado, cuando nada me hacía daño.

Año de 1972

La víspera del primer día de clases, la mesa llena de libretas por forrar y de lápices de colores por marcar, con la expectativa fascinante de dibujar con ellos, de aprender a leer y a escribir.

Sobre la silla, el uniforme nuevo, y junto a los relucientes zapatos, tirado en el piso, el del año pasado, lleno de parches. Recuperar aquel día en que estrenamos la primera bicicleta, para uso de tres hermanos, y repetir las tardes en que la tenía para mí solito. Sentir la emoción del recreo y la de meter el gol que salvaba a mi equipo.

Año de 1976

El ingreso a la escuela secundaria, los primeros tímidos acercamientos con las niñas, los domingos de matiné, los primeros bailes, los ensayos del coro. Volver a ser, aunque sea por una vez, sargento en el desfile. Modular las órdenes de mi clarín, a una atenta banda de guerra. Ejecutar los requintos en la rondalla, estremecerse, aunque sea por un instante, con mariposas en el estómago.

Año de 1982

Época de liberar adrenalina en altos niveles. Mientras el viento azota mi cara, enjugar las lágrimas, resultado de la velocidad de una loca carrera. Caballo y jinete, galopando sin miedo, irresponsables, inmortales.

Sentarse, en una noche de campamento, a mirar las estrellas, en esas veladas de guitarra y cantos a imposibles musas, alrededor de una hipnótica fogata, con amigos contentos, ajenos a la desconfianza, ignorantes de la inseguridad, inmunes a trasnochar, al humo del cigarro y a la “cruda”. Resistentes a los rayos del sol y al agua helada en los pies descalzos, asando las truchas que mordían nuestros anzuelos y las mazorcas obtenidas en nuestras travesuras.

Año de 1988

Reviviría gustoso el día de la boda, en que documentamos el amor y bailamos sin parar. El histórico capítulo del viaje, segmento romántico, del paquete nupcial. Habitaría en nuestra primera casa, tocaría aquellos elementales muebles, tiernamente dispuestos, en preparación al aterrizaje de los hijos.

Al recordar estos eventos, como emocionado espectador del tiempo pasado, abracé un poco las imágenes, olores y sabores de aquellos días. De poder transportarme a ellos, no cambiaría los hechos, ni sus consecuencias.

Procuraré, en adelante, tener a la mano mi lista de recuerdos. Atento al probable arribo de dos científicos que, tan consternados como yo, miraré y me mirarán mientras caen del cielo y ruedan empolvados a mis pies.

2 comentarios en “Recuerdos desteñidos”

  1. ¡Qué manera de darle vida al tiempo, mi querido escritor! Y es que como dicen, recordar es vivir y yo agregaría: Y soñar no cuesta nada.
    Soñar que un día; quién sabe… aparezcan esos dos científicos y le cumplan el deseo de irse a revivir esos momentos que usted recuerda entrañablemente.
    ¡Qué linda narración¡ Otra vez me vi, recargando la cara sobre mi mano, leyendo, pero sobre todo sonriendo ante su narrativa. Gracias.

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