Carente de elementos

Alejada más de 408 kilómetros de la superficie terrestre, allá por la termósfera y dando una vuelta a la Tierra cada 92 minutos, se encuentra la Estación Espacial Internacional. Desde el puesto de observación en su cúpula con ventanas de visión panorámica, aquel solitario astronauta realizaba labores rutinarias de revisión. Flotando en la ingravidez y después de seis meses aislado y confinado, checaba instrumentos, aseguraba comunicaciones, ponía al día sus experimentos, revisaba la señal del radar, en prevención de alguna peligrosa basura espacial que flotara en su misma trayectoria.  Sus tareas eran delicadas y muy importantes, no podía ni debía distraerse. Los beneficios para la humanidad en cuanto a estudios para la salud y avances en las comunicaciones, dependían de sus observaciones.

Se encontraba permanentemente conectado a diversos instrumentos, que monitoreaban sus signos vitales, cumplían la función de examinar su cuerpo ante los efectos fisiológicos de la falta de gravedad. Esto ya comenzaba a ser molesto para él; le restaba movilidad. Se preguntaba desesperado: “Si querían saber cómo puede el hombre sobrevivir en condiciones extremas, para poder así, viajar en expediciones futuras a Marte o a la Luna, me debieron haber enviado a vivir a Monterrey, les habría salido más barato”. En la manga de su traje, claro está, había una bandera mexicana.

Al principio de su aventura, las imágenes del globo, allá abajo, le robaban el aliento. Las enormes extensiones de agua y tierra ofrecían espectáculos fantásticos con cada vuelta. Continentes cubiertos por nubes, bajo el acecho de tormentas o de huracanes. Formidables cortinas de arena del desierto, desplazándose majestuosas. Auroras boreales asombrosas. Contemplaba el prodigio de la iluminación artificial de las ciudades, en los dieciséis amaneceres de un día. Todo era alucinante.

Su sueño de niño: ser astronauta. Su sueño de astronauta: ser terrícola. Revelaba signos de añoranza. Ya no quería más vistas espectaculares, quería vistas simples, sensaciones mundanas, acciones rutinarias. Palpar los elementos de su existencia, de su dominio.

En el área destinada a su descanso, adherido a la pared de plástico, estaba su vínculo con la tierra y su inspiración: las fotografías de su familia. En ellas aparecían: su mujer, sus hijos, sus padres, hermanos y amigos; esas estampas le devolvían la conexión con la tierra, con lo querido, con todo lo urgente de ser abrazado. Al lado de los retratos, prendió un pequeño papel. Se trataba de un fragmento de La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca. El personaje principal de esta obra, Segismundo, confinado a vivir en un completo aislamiento, en su soliloquio se cuestiona, si merece menos libertad de la que tiene, todo cuanto hay sobre la tierra.

En quien un mapa se dibuja atento,

pues el cuerpo es la tierra,

el fuego, el alma que en el pecho encierra,

la espuma el mar, y el aire es el suspiro,

en cuya confusión un caos admiro;

pues en el alma, espuma, cuerpo, aliento,

monstruo es de fuego, tierra, mar y viento.

Así como Segismundo, él también carecía en su encierro de los cuatro elementos. Reclamaba ahora su presencia, añoraba su goce y se sabía merecedor de su disfrute. Ahora comprendía a su madre cuando le advirtió: “Nadie sabe lo que tiene, hasta que lo ve perdido”.

Tierra: 

Extrañaba su firmeza, envidiaba tener la estabilidad que su nave no tenía, pisar firme, pasear con su perro, tener la seguridad de que pese a todo, la Tierra siempre le era fiel, en su rotación era exacta, era paciente, tenaz, cautelosa. Todo era concreto y era presentido. Le daba la fuerza y la resistencia a lo cambiante. La Tierra no hace concesiones, es inflexible, en este elemento podía echar raíces, mantenerse estable en sus relaciones, en las formas, en el arriba y el abajo.

Fuego:  

Harto de cocinar en el horno de microondas de la nave, del fuego echaba de menos su energía, su fuerza. El discurso hipnótico de una fogata en una noche estrellada, la voluntad de arrasar con cuanto obstáculo se le presente. Cuando todo en la rutina de la nave era predecible, del fuego evocaba lo inconcebible, la búsqueda de posibilidades. De su pasado extrañaba el calor de la cocina, el fuego que transforma con ímpetu la comida. Este recuerdo lo seducía, como el avance del fuego seduce a quien lo ve.

Aire: 

El encierro de seis meses le hizo valorar como nunca la libertad, la de movimiento y la de las ideas, de respirar profundo su propio aire, su derecho de ir: “a su aire”, el desapego a las instrucciones de otros, a dar rienda suelta a su curiosidad y gozar del olor de las cosas queridas y de su gente amada. No podía esperar más para dejarse llevar por la inspiración de un buen vino, de un aroma evocador, a estar atento a lo liviano que puede ser y de que cambia de dirección sin previo aviso. Recordaba lo inocuo que era cambiar de opinión, lo irrelevante de equivocarse. Hoy, en su trabajo, un error podía ser fatal. Un velero empujado por un buen viento hace posible la aventura. Recordaba cuando no tenía límites y la libertad de sus pensamientos y sus acciones volaban inofensivas.

Agua: 

Su ducha de las mañanas, la regadera de la que salía agua tibia, perfecta. ¿Habría felicidad mayor? En la Estación Espacial, los baños de esponja ya comenzaban a ser crueles. Lo flexible del agua que lo mismo ayuda a lavarse los dientes, que a abrazarnos en el clavado que nos introduce a la alberca. Que se adapta a cualquier recipiente y nos regala momentos íntimos, de paz, de relajación, o de prisas corriendo con el ser querido, bajo la protección de un paraguas. Que nos limpia, nos hace entender su vastedad y temer por su irresponsable contaminación. Tenemos un vínculo emocional con el agua desde el vientre de nuestra madre, por eso le somos empáticos, receptivos. Escuchamos sus mensajes y cedemos ante su poder, retrocedemos ante su fuerza, aceptamos su cortejo.

El principal aprendizaje de su viaje espacial: valorar el aire para respirar, el agua para beber, el fuego para calentarse y la tierra para comer. Si alguno de estos cuatro elementos faltaba en el equilibrio, el ciclo se rompería, dando lugar a la muerte. Conoció y amó a esa enorme esfera azul que lo acompaño tras la ventana, durante sus últimos seis meses y entendió la importancia de respetarla. Aprendió que su existencia depende de su salud y de la salud de su casa, de su fiel planeta Tierra.

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