Renacimiento instantáneo

En el área de juegos infantiles del parque, en esa solitaria tarde, solo dos personajes misteriosos se mecían en los columpios cerca del sendero. Sus largas gabardinas grises y sus antiguos sombreros de bombín, no armonizaban con el estilo de las vestimentas del lugar, ni con el clima caluroso de aquella época del año. Concentrado en sus pensamientos, un vecino pasó cerca de ahí, los miró de reojo sin prestar mayor atención y siguió su camino. Un raro presentimiento lo hizo detenerse, desanduvo sus pasos y se dirigió a ellos:

— ¿Los conozco?

Efectivamente: los conocía. Hacía poco más de treinta y cinco años, un encuentro similar marcó su vida. Ahora los recordaba, en ese mismo lugar aparecieron ante él. Esos extraños sujetos eran nada menos que los comisionados del destino. Su labor: notificar a las personas que en las próximas horas ocurriría, en un preciso minuto, el evento que cambiaría sus vidas para siempre. Solo se manifiestan entre sueños y el mensaje que portan desaparece al despertar. Poseen la tarea de prevenir al destinatario de las posibles consecuencias de su decisión y comunicarle que, de persistir, no se permitirán arrepentimientos. Las imágenes de su futuro le son mostradas brevemente y se espera del sujeto una respuesta inmediata, para así proceder a la transición.

—Hoy, alguien ha roto el conjuro —le dijeron. —Por alguna razón, esta persona te ha pedido recordar: el minuto que cambió tu vida, y, al pronunciar esta frase, ocasionó que tu recuerdo se desempolvara, invocándonos de nuevo.

Le recordaron que la primera vez en que manifestaron su presencia, fue en la víspera de la fiesta del año nuevo de 1983. El motivo de aquella visita: una advertencia que era preciso hacerle. El suceso que se presentaría, cambiaría su vida para siempre. A las ocho de la noche del día siguiente, tendría lugar una cita para ver, en la puerta de la iglesia, a una linda vecina de su calle. En esa ocasión, enamorados, caminarían por el parque, buscando una mesa vacía en alguno de los cafés. Cuando de pronto, el minuto presagiado llegaría: sin pensarlo, detendrían sus pasos frente a un añejo fresno, se tomarían de las manos, y mirándose a los ojos, se besarían. Resolverían hacerse novios.

Ese fue el minuto señalado, el renacimiento instantáneo. La sonrisa de esa chica era mágica, esos ojos lo hipnotizarían, el intenso llamado del amor lo estremecería. Una mudanza importante de la casualidad fue decretada.

Las advertencias de los comisionados del destino serían inútiles y ellos lo sabían bien. Cuando el receptor del mensaje se encuentra profundamente enamorado, no hay sugerencia que valga. El individuo estaba resuelto a caminar su vida al lado de esa linda chica. Tendría que olvidar sus planes de ser granjero, tirar a la basura los planos de aquella cabaña de piedra junto al río, dibujados en una servilleta de papel. Los ahorros para comprar su caballo alazán se aplicarían al enganche de una casita con muchas flores, a gusto de ella. Todo cambió. Su vida daría el giro advertido.

A pesar de que le fueron mostradas imágenes de momentos difíciles, de trabajos complicados, persistió en su empeño, el amor lo cegaba. Vio también estampas que le conmovieron, distinguió risas, cariño, paseos, viajes, logros. Determinantes en la decisión, fueron los detalles de la llegada de los dos hijos que tendrían. Contempló sus emocionantes nacimientos, sus alegres años escolares, los descubrió contentos, destacando en lo profesional, gracias a la inteligencia con que la naturaleza los habría de dotar, compuesta, en un gran porcentaje, por los genes de su madre y por uno que otro que se colaría a la fiesta, aportado por él. 

Una importante advertencia recibió: no habría manera de entender a su amada con conceptos del mundo; si lo intentaba, debería asumir las consecuencias de entrar en territorios escabrosos. El mensaje final contenía prevenciones y recomendaciones:

Gracias a ella: forjarás un buen patrimonio, conocerás amigos entrañables, viajarás por todas las playas y las ciudades de tu país y algunas del mundo. Comerás en mercados populares pero también en lugares de opulencia. Probarás lo fino y lo común. La cultura y lo prosaico. Irás de lo sublime a lo ridículo. Reunirás recuerdos imborrables.

Conocerás a don José García, el viejo sabio, quien te dirá algún día: “Si ella te dice que atravesará la pared; espérala del otro lado”

Deberás tener cuidado: un comentario a destiempo y la bomba estallará.

En su diccionario, reclamar viene antes que pedir.

Si te dice que el coche es azul, aunque sea gris, será azul.

Si la marca de la moto es Davis Harlison, así será.

Deberás escoger entre ser feliz, o tener la razón.

A su lado, no valdrán las tristezas.

Su energía te atrapará sin remedio.

Los momentos de paz serán resbaladizos, sus imprudencias: jabonosas.

En adelante, la rutina será tu enemiga.

Para ella, el reposo es muerte, es inmovilidad, es grisura.

Habrá días en que te darán ganas de ahorcarla y en seguida, ahorcarte.

De salir corriendo.

Será tu vicio.

Tu alegría.

Tu dolor de cabeza.

Tu refugio.

No serás capaz de comprender, pero a pesar de todo:

Quiérela siempre.

Perdónala mucho.

Júzgala menos.

Estarás en constante reconstrucción.

En permanente cambio.

Sin esa substancia, tu existir sería gris.

Sin ella, tu futuro sería ridículo, sería patético.

¿La aceptarás por esposa?

Treinta y siete años pasaron, para ser precisos. El sueño en donde averiguó que su vida cambiaría, acudía de nuevo. Al disiparse, los comisionados del destino se esfumaron diciendo: “Tu obstinación de estos años ha sido fecunda, no tenemos objeciones ni señalamientos, solo nos resta felicitarte. Mas no te esfuerces por explicar a alguien estos sueños: te tomarán por loco. Cuando lo intentes, saldrán de tu corazón ideas disparatadas y sin que medie filtro alguno, sin pasar por tu cerebro, volarán libres”.

Despertó sobresaltado. Con su respingo, temió interrumpir el sueño de su compañera. La tomó de la mano y suponiéndola todavía dormida, bajo los influjos de su sueño y del conjuro, intentó decirle algunas agradecidas palabras, que supuso románticas:

“La batalla ha sido dura, pero ha valido la pena. Algunas balas nos han rozado y otras penetrado. Hemos regresado del frente con heridas, todas superficiales. El camino ha sido largo. En la primavera luchamos codo con codo y avanzamos muchas posiciones en esta guerra. En el verano, en medio de tormentas, consolidamos el territorio ganado. El otoño y el cansancio nos han orillado a las trincheras. En nuestra retirada, estamos a poco de llegar al campamento. El invierno hará más difícil el combate, es buen tiempo para replegarnos a la retaguardia y permanecer a resguardo. Allá en el frente, dejamos bien preparados a los miembros jóvenes de nuestra tropa; ahora, ellos pelearán sus propias batallas. Adiestramos buenos soldados. Aunque discrepamos en las tácticas de combate, al final y con gran amor, conseguimos dejar un mundo mejor del que encontramos. La medalla púrpura al mérito, espera por ti.”

La suposición de que ella estaría dormida fue, naturalmente, errónea.

“¿Estás loco? Mejor vuélvete a dormir, que mañana nos espera otra batalla y aquí las balas son de verdad. ¡Qué otoño, ni qué invierno, ni qué retaguardia, ni qué mangos! ¡A seguir peleando!”.

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