Senescente en fuga

En medio del intenso tráfico, caminito de la escuela y manejando como locos, iba todo el reino animal. Apenas lo notó: después de tantos años alejado del volante, había perdido la costumbre de las prisas, del tráfico mañanero y de torear impaciencias ajenas. Era un buen abuelo y se ofreció a llevar a su única nieta a la escuela. Las angustias de los padres se relajaron al contar con su gran ayuda. Secuestrados por citas y compromisos, les era imposible llevarla.  

Para hacer más llevadero el viaje, eligió entablar conversación. Antes de comenzar, en silencio repitió un mágico mantra: “No des consejos, no des consejos”. La niña revisaba en voz alta su horario del día: las materias, salvo algunos cambios en los nombres, eran parecidas a las que él había cursado. Tenía al fin, un tema en común para conversar y se arrancó por la libre. Después de diez minutos de suspiros, al enlistar sus emotivos recuerdos, recibió a cambio un silencio glacial. Su alegría se declaró en bancarrota. Al despedirse en la puerta de la escuela y recibir un muy cariñoso beso de despedida, el abuelo notó, aliviado, que la niña traía puestos unos audífonos.

Esa tarde, era la recelada cita. Su hija los acompañaría a él y a su esposa a conocer la casa de retiro; sus manos comenzaron a sudar. Se cuestionó una vez más: ¿en verdad querían vivir ahí? ¿Sería el lugar para esperar aburridos la muerte? O para pasar sus últimos años, en un ambiente de tranquilidad y camaradería. En ese lugar, encontrarían tal vez actividades cotidianas, amistades, compañía. Los estudios así lo indicaban: una buena vejez es más llevadera, si uno está rodeado de amigos cordiales.

Aunque sabía que su hija lo hacía por su bienestar y así se los había repetido varias veces, una duda no lo dejaba en paz: su yerno, genio de las finanzas, tenía grandes planes para el manejo de los ahorros de toda su vida. Desconfiaba de él. Solo deseaba seguridad, no precisaba recibir ganancias jugosas y no era indispensable vender sus propiedades para tomar riesgos en negocios imprudentes. Sus necesidades y gastos ahora eran mínimos: su esposa y él compraban poco, pero bueno, las cosas ya les duraban mucho. Moda, orgullo, autoestima, apariencia, no eran ya importantes. ¡Eso sí! Tenían claro que no irían por la vida fodongos y causando lástimas.

Sesenta y cinco años. Ahora era un jubilado, ahora no tenía agendas, ni prisa por nada. Debía pensarlo mejor, hacer caso a sus corazonadas, pero su cerebro conspiraba con algunos conceptos: vacío, soledad, precipicio, vértigo, abismo, deriva.

Hay quienes no necesitan jubilarse, sería un desperdicio guardar en casa sus talentos, sus conocimientos, su pasión. Pero no era este su caso. El trabajo para él había sido una simple supervivencia de la cuenta bancaria, y, aunque le dio ritmo a su vida, le hizo sentirse útil, le dio un rol en la sociedad, materia prima para la creatividad, significado de vida, autoestima. Le provocó también una insuficiencia: su sistema nervioso quedó quemado, no era capaz de soportar un minuto más. Alguna vez buscó sin éxito en el listado de enfermedades incapacitantes. No encontró nada parecido a: “No apto, por ser buena gente”.

Manejando de regreso a casa y buscando un pretexto para posponer la cita, escuchaba en la radio: “Quiero dormir cansado, para no pensar en ti”. Así lo deseaba: dormir cansado, no pensar en su incierto futuro. Cambió la estación para no invitar reflexiones inútiles, pero resultó peor. En la siguiente emisora sonaba: When I’m sixty-four,  ¿Me seguirás necesitando, todavía me alimentarás? ¿Cuando tenga sesenta y cuatro?

Sumido en sus profundos pensamientos, ignoró la luz del semáforo. Varios claxonazos lo hicieron reaccionar, aplicó el freno a unos cuantos centímetros de un camión urbano, que pasó a toda velocidad. Cuando logró recuperar el aliento, una chispa de adrenalina lo encendió. Miró el letrero que indicaba la salida a Acapulco y sin reflexionar mucho, siguió su instinto. Casi sin advertirlo, pasó por la caseta de cobros de Cuernavaca. Apagó el teléfono, abrió el quemacocos, se embriagó de libertad. De pronto todo fue claro: El relato de su vida adquirió sintaxis. Después de este último punto y coma, ya no habría más frases largas y complejas. Su tarea en adelante sería saber colocar dignamente y en su justo lugar, al punto final.

Lucharía hasta donde la salud se lo permitiese, por vivir su pasión, que era: no tenía ni la menor idea. No tenía pasiones, a lo más que llegaba era: a tener gustos, comodidades, seguridades. Aspiraba a una simple vida, tal vez gris, tal vez aburrida, pero tranquila y saludable.

Muchos kilómetros pasaron por sus ojos y muchos planes por su cabeza: se levantaría a las siete. ¿O a las nueve? O de acuerdo al capricho de su reloj biológico. Nunca se permitiría el desperdicio de analizar el techo y antes de que el sol quemase calvas desprotegidas, practicaría el único deporte comprobadamente fructífero: sacar a pasear al perro, tratando en lo posible de que los vecinos no vieran que, en realidad, es el perro el que lo saca a él.  

A las nueve un café, mientras el noticiero se escucha allá, en la radio de la cocina. Atenderlo para no perder la conexión con el mundo y darse un baño sin prisa, para lavarse la inmundicia de tanta mala noticia. En el desayuno, no olvidar comer fruta, por aquello de la fibra que recomendó el médico. Cohabitar con la tecnología, contestar mensajes y correos, aunque la mayoría sean dignos de las papeleras de reciclaje.

Para mantener en buena forma su capacidad de conversación, tratar lo más posible de convivir con los cuates. Soportar al insolente de Fulano con sus chistes de incontinencias y disfunciones. Y a Zutano con sus frases de viejito: “Ya soy muy mayor para eso”, o “En mis tiempos”. Practicar con ellos el sano pasatiempo del dominó, o el de no estar quejándose de sus achaques y de no convencer a otros de sus profundas creencias.

Tomar una copita de tequila antes de comer, solo una, para no ser acusado de alcoholismo. Comer muy bien, pero no mucho. Tardes de gimnasia cerebral: reparar cosas, atender el huerto, leer, tocar algún instrumento, escribir, acompañar todo con música. Por la noche: cenar muy ligero, lavarse los dientes y ponerse la piyama, y si aprieta el resorte, bajar la cantidad de galletitas de media tarde ¿serán las galletas, o la cajeta? Antes de dormir, ver una peli. Para que no cause conflictos, sobre el tema que escoja ella. Quedarse dormido a media peli.

No desperdiciaría ninguna invitación: paseos, comidas, escapes de fin de semana, cumpleaños, bodas, bautizos, navidades; ese sería desde ahora su descafeinado plan de vuelo, apto para alguien que carece de pasiones, pero no de amores.

Sentado en un bar de la playa, escuchaba Beyond the Sea mientras admiraba la puesta del sol. Sacó del  bolsillo el teléfono celular. Al encenderlo, aparecieron decenas de llamadas y mensajes sin contestar. Solo quiso responder el de su mujer:

“No te preocupes, estoy muy bien, estoy mejor que nunca. Haz tu maleta y alcánzame en Acapulco, acá te platico. Lo tengo decidido: queda pospuesta la casa de retiro. Hoy es nuestro tiempo de disfrutar de la cosecha, de hacer travesuras, de vivir en paz y de ser felices”.

2 comentarios en “Senescente en fuga”

  1. Qué hermoso relato, qué magnifica manera de describir lo maravilloso que pueden llegar a ser esos años dorados. Justo así deberían de ser: junto al compañero (a) de vida y finalmente gozando esa etapa, que aunque distinta, puede estar llena de tranquilidad y goce. Si, así debe de ser… Nos vemos pronto todos en Acapulco… (Que así sea).

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