Mentolados

Lo apretado de algunas corbatas y fajas, no era un sacrificio. Aquella noche, los invitados a la fiesta lo soportaban todo con una sonrisa, y con la expresión más elegante de su catálogo.

La ocasión lo ameritaba: el sueño de aquella niña era el de ser una princesa, y todos en el pueblo conspiraron para que su fantasía se pareciera, lo más posible, a la realidad. Como en la comunidad no había miembros de la realeza, el papel de sus reales majestades lo desempeñaron sus padres. La aristocrática corte, lo fueron su familia y amigos. Todos enfundados en trajes de gala, de linajes inconfesables; altos tacones desafiando el equilibrio, vestidos vaporosos, de una, o dos tallas menores a las recomendadas para el sano desempeño de los pulmones. Trajes masculinos que escondían los defectos de su portador, algunos con más poliéster que lana, de lo deseado, pero mostrando el porte más digno posible. En cuanto a zapatos, a falta de unos de charol, se presumían los domingueros, mejor boleados.

Ningún castillo se pudo conseguir en los campos pulqueros circunvecinos, por lo que el salón del Club de Leones fue adornado por la maestra Esperancita, quien estirando el presupuesto, mereció elogios por lograr un aspecto, lo más cercano posible, a la elegancia palaciega.

Los príncipes azules, en briosos corceles, fueron suplidos por la: Asociación de Charros del Valle de los Techines A.C., quienes, para aquella señalada ocasión, sumieron la panza mientras escoltaban garbosos en sus monturas, a la carretela adornada con flores, y tirada por dos caballos tordillos, que para el evento prestó, y bañó, don Panchito: el padrino.

La razón que movía a lo más selecto de la sociedad a desempeñar a la perfección su papel en esta imaginaria corte, era la celebración de la fiesta de los quince años de la nena. Que, como todas las celebraciones de similares princesas, se efectuaban con regularidad en el pueblo.

Los rituales eran, con extravagantes excepciones, similares: las niñas y sus orgullosas madres llegaban a la iglesia, a tiempo para el floral desfile de entrada, y para no perderse detalle alguno.  Algunos niños y padres calculaban, con precisión matemática, su gracioso arribo a la hora de la salida, en el momento en el que el padre Vicentito diera la bendición de la misa, y el mariachi comenzara a entonar Las Mañanitas, para aparecer en la puerta, y que los demás creyeran que habían asistido a la celebración completa.

Esa noche, era su noche. Seguidas por las luces de colores, que viajaban a través de una nube de hielo seco. Radiantes en sus vestidos color pastel, de diámetro generoso. Bailaban extasiadas de gozo, al compás de los ritmos interpretados por lo mejorcito de la región, el fabuloso grupo: TIK TAK.

Volaban las quinceañeras, por los aires, en medio de la pista de baile, en brazos de los chambelanes, quienes, con una semana de antelación, viajaban ex profeso a la capital, a rentar sendos trajes de cadetes del Colegio Militar, con sables incluidos. No sobra decir que, a pesar de que se atoraban en todos los vestidos, y causaron más de un bochorno, lucían gallardos.

El grupo musical dejó el rock para más descansada ocasión, y comenzó a tocar las anheladas; “calmaditas”, causantes de romances, pero también de discordias, y de la pérdida de amistades que se habían jurado, como es natural a esa edad: lealtad eterna. Era el momento esperado por todos, y aprovechado por aquel aspirante a conquistador que, a los quince años, yo me creía. El valor requerido, me lo dieron dos, o tres cubitas, metidas de contrabando. Y mi hermandad de cuates, que también eran: unos atorrantes, me alentó a atravesar el salón para sacar a bailar a la linda Dulcinea, de cuyo nombre no puedo acordarme.

Aceptó gustosa, sin saber que su pareja de baile padecía arritmia, en los pies. Y acumulaba constantes faltas a los cursos para aprender a bailar y, sobre todo, a fumar. Lo cual devino en: varios pisotones, una sobreexposición a la tos y al humo en la cara de la chica, un vestido quemado y un bailarín solitario, parado a media pista. El bochorno consecuente, y el mareo provocado por el alcohol, no me permitieron disfrutar como es debido: de la partida del pastel de cinco pisos, con muñequita en su cúspide, del vals, los discursos del padre y el padrino, y del ritual de la entrega de la zapatilla.

Esas imprescindibles clases, a las que no asistí como era debido, eran impartidas, las de baile: en los ensayos, y las de fumar: en la clandestinidad, por los vecinos o primos, que rondaban la respetable edad adulta de veinte años. Las materias que ahí se impartían eran, entre otras: aprender a subirse a la azotea a fumar sin ser visto. A hacer creer, al señor de la tiendita de la esquina, que tu tío Pepe te había encargado sus cigarros, o a encontrar un tendero que antepusiera sus aspiraciones comerciales a su ética y que, con cara de cómplice, no hiciera comentarios del por qué, a tu tío, de repente le gustasen los cigarros mentolados para principiantes, cuando siempre compraba los fortísimos e infumables Del Prado.

Era importante aprender a disimular el mal aliento, masticando papel, o tres chicles de menta a la vez. Calcular la dirección del viento, para exhalar bien lejos el humo, con dirección contraria a tus compañeros, y evitar apestarlos.  Aprender a fumar cigarros sin filtro, y a escupir pedazos de tabaco, con discreción. A darle “el golpe”, pero nunca, bajo ningún concepto, darle el golpe a un puro. A dominar el estilo gánster, poniendo cara de malo. Para que me entiendan más claramente: se arquea una ceja, mientras se sostiene el cigarrillo entre los dedos índice y medio, a la altura de las falanges media y proximal, para colocarlo posteriormente en la comisura del labio, de la parte opuesta a la mano utilizada. Aprendías también a distinguir que, cuando huele a quemado, no fuera tu camisa a la que le cayó la brasa, y por último: a poner cara de regañado cuando tus padres o tus tíos te cachaban.

Las materias que no me enseñaron, y que considero las más importantes, eran: ¿cómo diablos quitarte el sonrojo que da; el quemar vestidos de lindas quinceañeras?, y sobre todo, la de aprender a dejar el maldito vicio, que me costó tantos años, e intentos, lograr.

2 comentarios en “Mentolados”

  1. Admiro mucho tus nuevas técnicas al escribir, ya que ayudan a dar significado a todo aquello que expresas en tus textos. Al final, logras transportar al lector a esa fiesta de XV años, con todo y sus rituales. Haces gala de tu capacidad de observación y descripción.

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