TEXTO DE PRESENTACION

En la templada, tirando a fría ciudad de Tulancingo, en el Estado de Hidalgo, México. En los días en que los niños podíamos jugar en la calle sin peligro, tuve la suerte de tener madre de tiempo completo y de mala puntería con la chancla. Desde el jardín de niños hasta la secundaria estudié en el colegio Fray Pedro de Gante, de las hermanas del Espíritu Santo. Por lo que cubrí mi cuota de asistencia a la misa para el resto de mi existencia. Y ahora solo voy a bodas, quince años o primeras comuniones.

Entre infantiles horas felices de juegos con sobredosis de amor, de gansitos Marinela y de chicles Motita, me llegó la adolescencia y una carga religiosa de remordimientos y culpas nada envidiables, que no sobra decirlo, me ha tomado toda una vida sacudir.  La preparatoria, con más fiestas, amores platónicos y amigos memorables, fue más liberadora de potenciales pecados pero no de trabajos, que en la granja de mi papá en las horas que no eran de escuela, me dieron acceso al sector laboral para los siguientes años. Que me otorgaron mucho polvo y una peculiar cara de pasmado, que también ya me estoy sacudiendo.                      

Mi orientación vocacional fracasó rotundamente y lo sigue haciendo. Sigo en búsqueda de mi vocación. Pero, para no dejar de ser el primer licenciado de la familia y dar un orgullo a mis padres como su primogénito, escogí estudiar la Administración de Empresas. Carrera con un océano de conocimientos, pero con un centímetro de profundidad.  Y en donde apliqué mis vastos conocimientos de cosas inútiles que me daban las largas horas de las lecturas del Selecciones y de los periódicos, El Universal y Novedades que llegaban a diario a casa. Y que despertaron en mí el amor por la lectura y las más variadas curiosidades y puntos de vista políticos, económicos y sociales.

Como flamante licenciado recién egresado nunca encontré un trabajo adecuado a mis credenciales. Por lo que, un tanto decepcionado, volví a ser yo. Tras variados intentos en pequeños trabajos e incursiones en el comercio. Me cayó un trabajo del cielo, gracias a un tío que ha sido como un padre que, al jubilarse, me heredó el trabajo que originalmente era para mi hermano y que yo debía cubrir por tres meses. En realidad fueron 30 años.  Mis primeras labores fueron como agente de ventas de material eléctrico viajando por muchas ciudades del país y acumulando 10,000 kilómetros mensuales a mi Tsuru. Decidí, como venganza a los que despreciaron mi título, no utilizar en mis tarjetas de presentación las tres oprobiosas letras LIC antes de mi nombre.  En mis datos generales incluí en el año 1988 el título de casado y muchas alegrías, experiencias y berrinches nuevos llegaron en la búsqueda imposible de comprender a mi querida mujer.

Modestia aparte, mi labor en ventas fue premiada en el año 1991 con una gerencia en la ciudad de Monterrey, de clima muy parejo (siempre está mal)  A donde arribé con mi flamante esposa y mi primer bebé. Lo que no aprendí en la Universidad, ahí lo aprendí a golpes y también aprendí a ser padre de otro niño más, que junto al primero se volvieron mi orgullo y mi motivo de pelear como tigre cuando según el horóscopo chino soy un simple gato. 

Acumulé algún ahorro, muchas satisfacciones y aprendizajes, muchos sustos y corajes. Luego les contaré si no se duermen, cómo vine a parar a Querétaro en el año 2001 y cómo se convirtió la tienda que cabía debajo de la escalera de mi casa en una bodega de 1900 metros y con tres sucursales a mi cargo. Muy productivas económicamente pero no muy recomendables para un gato disfrazado de tigre. Por lo que salieron a relucir inoportunos problemas de salud de los  sistemas nervioso, muscular e intestinal.    

Por consejo del médico al que tuve que acudir y que entre bostezos me recomendó hacer algunas cosas por mi salud física y mental, me di algunos lujos y gané el tiempo libre que creía inmerecido. Comencé a correr y logré completar varias carreras de 10 kilómetros, retomé el estudio de la guitarra arrumbada, y no por tocar rumbas, sino por falta de tiempo.  Y lo que es más importante, y por lo que estoy aquí con ustedes, comencé a escribir como el burro que toco la flauta.  Cuando no existía el WhatsApp y se usaban los correos, en el colegio de mis hijos, una de las mamás, directora de teatro y de una revista infantil y yo, manteníamos intercambios electrónico-epistolares de carácter eminentemente profesional. Ella era la directora de la pastorela y yo era pastorcillo.  Me dijo: “¡Oye! Tú escribes muy chistoso, ayúdame con un artículo para mi revista infantil.­­”   Y, después de varios ruegos, caí.  

Le envié algunas colaboraciones y ella sin pedir permiso me avisó que checara cierta página de internet. Pues sí, ahí estábamos yo y mis artículos en medio de periodistas y escritores profesionales.  Fue muy emotivo recibir respuesta de mis lectores de todas partes de México y de países lejanos y un regaño del director por darle doble clic al subir el artículo y saturar su sistema.  A pesar del éxito, lo abandoné todo porque no eran compatibles mis escritos con la imagen de tigre que debía cuidar y porque me sentía como en playa nudista.  

En el 2015 después de varios abusos por parte del sector patronal de la empresa y por así convenir a mis intereses renuncié a mi empleo y emprendí otro negocio que no convino para nada a mis intereses. El gran fracaso provocó una caída en mis ahorros y una recaída en mis depresiones. Fue tal el golpe que también conocí las angustias, y terminé tomando el verdadero nivel anunciado por el horóscopo chino.  

En esas penas andaba cuando en un paseo por el pueblo de los antepasados de mi querido amigo Memo conocí las interesantes historias de sus antepasados. Y Laurita, su esposa y ángel de la guarda, me dijo: “¡Oye! Tú escribes muy chistoso, ¿Porque no escribes un cuento con las historias familiares?”  Y, después de varios ruegos, caí.     

El famoso cuento se alargó, se alargó y se alargó hasta que completó unas 200 páginas. Lo han leído pocas personas, entre ellas, las compañeras miembros del grupo de lectura al que asisto cada mes desde hace diez años.  Los comentarios han sido variados; desde las felicitaciones, el reparto de ánimos para seguir escribiendo, las bienvenidas observaciones, hasta llegar al silencio que mata.

Yo creo que a Laura no le gustó, y por eso me envió aquí con ustedes para ver si por fin aprendo a escribir con propiedad o dejo de molestar a la humanidad con mis escritos y, según Confucio, sigo con mi brillante carrera de gato doméstico.

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