Qué pena con las visitas

Navegué por los extensos mares del internet en búsqueda de ideas nuevas al tan recurrente tema de la amistad. Intenté documentar una anécdota en mares que supuse estarían en calma, pero mi travesía me llevó a surcar una inesperada tempestad que cimbró los fundamentos de mi embarcación. Impetuosos vientos azotaron mis conceptos de la amistad. Me vi precisado a abandonar el cómodo puesto de narrador omnisciente para tomar el timón y hacerme cargo de la contingencia en primera persona.   

El crédito de la tormenta perfecta que hizo oscilar mi nave es para José Luis Catalán y su artículo intitulado: Fobia social y timidez, en donde habla al respecto de particulares alteraciones en las relaciones humanas.  Algunos de los elementos en la confección de este saco me quedaron un poco apretados pero, para mi sorpresa, otros son de mi medida. A saber:  

  • Preocupación por llegar a ser el centro de atención cada vez que nos encontramos con alguien.
  • Temor a propósito de que alguien nos mire y observe lo que estamos haciendo.
  • Temor a que nos presenten.
  • Temor a propósito de comer o beber en público.
  • Dificultad para manejarse en comercios y relaciones administrativas.
  • Terror a dirigirse a un público o grupo de amigos.
  • Aversión a realizar llamadas telefónicas y realizar gestiones.
  • Dificultad para confrontarse en el trabajo o hacer reclamaciones (incluso si se tiene la razón y el derecho de hacerlo).
  • Las fiestas y reuniones son una pesadilla y el comportamiento de la persona que tiene fobia social consiste en ponerse cerca de la puerta o encargarse de discretas tareas que le permitan huir de la situación.
  • Tendencia a rehuir espacios cerrados donde hay gente.
  • Sensación de que todos nos miran y nos desvalorizan.
  • Temor a que nuestras intervenciones parezcan ridículas, pobres o inadecuadas. Miedo a “quedarnos en blanco”.

En vista de lo anteriormente expuesto añadiré a mi biografía, no sin pudor, que mi timidez esconde atenuados signos de la llamada: Fobia social o Trastorno de ansiedad social”. Los síntomas que lo confirman, que me acompañaron un largo trecho de mi juventud y que aún me atacan con alguna frecuencia al relacionarme con las personas son: sequedad en la boca, tos, palpitaciones, temblores de manos, sudor, rubor, falta de concentración y olvido de datos. Y la cereza del pastel: La pésima costumbre de rumiar al día siguiente lo comentado con severa autocrítica:

 ¡Calladito me hubiera visto más bonito!

Una frase atribuida entre otros a Mark Twain a Groucho Marx y a Abraham Lincoln, ilustra con gran tino mis arrepentimientos:

Es mejor estar callado y parecer estúpido que abrir la boca y disipar las dudas”

Es mucha la gente que como yo, en mayor o menor medida, padece este trastorno social. Muchos se apoyan en el alcohol o cosas peores para darse valor, esta opción queda descartada para mí. Y ahora que me hacen tanto daño los excesos: ni pensarlo. Sin contar con lo peligroso que resulta después de un par de copas el desgobierno de la lengua y del sentimiento.

Otra joya de mis remordimientos me la regaló el gran Ernest Hemingway:

“Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”

En vista de que a mis años sigo en proceso de aprendizaje tendré que descartar otras vías de escape y sortear esta contrariedad como lo aconseja el ensayo: “Enfrentando el problema y exponiéndose a las situaciones que lo provocan”. Es decir: “Para aprender a nadar, hay que meterse al agua”.   

Aunque a veces me cueste dirigir la proa para navegar en su dirección, la amistad, es una cuestión muy importante para mí porque da flotación, apoyo, alegrías y consejos a mi vida. Necesito de la “proa actividad” de los amigos que a mí me falta, como tal vez ellos necesiten de mi compañía en este viaje. Como complemento a mi promoción del día, les diré que me considero un amigo sincero, disponible todo el año y capaz de guardar el secreto más bochornoso.  

Una vez salvado y guarecido de los embates de esta tormenta y ya de regreso a buen puerto, les diré que: sin duda, mis amigos serán invaluables compañeros en la vejez. El cultivo cotidiano de su afecto será mi tarea y mi empeño. A pesar de no poseer los aparejos precisos para esta navegación estoy seguro de que valdrá mucho “la pena”, literalmente.

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