El hambre es canija

Escondida tras los rincones

temerosa que alguien la vea

platicaba con los ratones

la pobre muñeca fea.

                  Francisco Gabilondo SolerCri-cri

La fea, la bonita, la flaquita y la gordita y todas las muñecas del departamento para señoritas 11-B, escondidas tras los rincones. Mientras tanto, del otro lado de la calle, en la Trattoria de la Piccola Pizza, Agustín, su propietario, caminaba entre las diez mesas vacías. Sus dos cocineros y un mesero decidieron sentarse en una de ellas para observar más cómodamente al patrón y a su afanoso ir y venir con los brazos en jarras puliendo el piso contra la suela de sus zapatos.

Eran ya las ocho treinta de la noche y desde las seis, horario normal de llegada de los comensales, no se había presentado ni uno solo. Ni de los frecuentes, ni de los ocasionales, ni de los despistados. Ninguno. En tres días llegaría el viernes, y con él, el ineludible pago de la nómina. Los tres miembros del personal miraban con callada inquietud al jefe. Con las posaderas ya planas y las expectativas de sus personales gráficas de crecimiento económico planas también.

El dinero restante en la caja y en el escondite secreto alcanzaba apenas para el pago de la renta, y sobraba un poco para completar el recibo de la energía eléctrica.  Si en estos tres días no llegaban los clientes, los salarios tendrían que esperar para mejor ocasión. ¿Y la familia? Bien, gracias.

Las noticias que emitía la cochambrosa radio de la cocina daban cuenta de su realidad: la epidemia del coronavirus estaba por comenzar su etapa dos, es decir, la del crecimiento exponencial. Hasta hoy los casos eran aislados y principalmente importados.  La recomendación de la gente y de los vecinos de otros países previamente infectados era: No salgan de sus casas, no existen ni la cura ni la vacuna, solo los organismos sanos podrán luchar contra la ahora decretada pandemia con sus propios anticuerpos.  La recomendación del gobierno: No hay recomendación.

En un afán por no causar alarma, las autoridades evadieron su responsabilidad y se creó un vacío de información, y los vacíos claman por algo que los llene. Las noticias falsas y las alarmistas fueron más comedidas: dejaron el tanque lleno.

De acuerdo con lo vivido en los países en donde el bicho atacó primero, por experiencia se sabía que desde el primer caso hasta el último la duración de la enfermedad era de dos meses, bajo condiciones de estricto confinamiento de la población en sus casas y a veces bajo rigor militar.

¿Dos meses sin clientela? La ruina del negocio que ya había sobrevivido heroicamente diez años de crisis, esta vez era inminente. Años atrás, la llegada a la colonia de la Benemérita Universidad Privada de la Razón, A.C., significó una bocanada de aire fresco para el negocio, y la huida lenta pero incesante de los demás vecinos.  Parvadas de estudiantes ávidos de hidratos de carbono se abastecían ahí del vital exceso todas las tardes. Hoy, las puertas de la institución: cerradas, las calles: vacías. Aquellos que se quedaron varados en sus departamentos jugaban a los dados para ver quién de ellos se aventuraría a la tienda de la esquina a comprar solo lo muy indispensable: cigarros, cervezas, papitas, cacahuates y por supuesto: papel de baño.  Cruzar la calle era solo para los muy valientes. La muerte en esa colonia no tenía mucha clientela, pero la Trattoria, tampoco.

En el peor momento de la tormenta financiera, un sonido de esperanza fue música para los oídos de Agustín: la caballería apareció por fin en el horizonte. El ruido de aquella motoneta tripulada con envidiable destreza, equilibrando una enorme mochila en sus ancas, trajo la paz a su atribulada alma. La solución de nuestros virales tiempos: las solidarias aplicaciones de comida a domicilio. ¡Llame ya! No permitamos que estos negocios y sus familias pierdan su fuente de ingresos.    

Dicen que el hambre es canija, pero más el que la aguanta.

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